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En los tiempos que corren, en Cuba, incluso los gestos más privados o intrascendentes contienen una carga política explosiva. Repartir comida en la calle, por ejemplo, no es solo un acto de caridad en un país donde escasea lo básico: es también un reflejo de cómo funciona —o no funciona— todo lo demás.
En las últimas semanas, Sandro Castro, nieto del dictador Fidel Castro, ha intentado proyectar una imagen de cercanía con el pueblo repartiendo alimentos a personas vulnerables en La Habana. "Que sepan que nos tienen a nosotros", dijo el influencer repartiendo chucherías entre niños pobres de la capital.
Videos en redes sociales lo muestran entregando cajitas de comida, sonriendo, interactuando con ancianos y necesitados, y prometiendo continuar con esa “labor social”.
Pero basta mirar un poco más allá de esos videos para que la escena adquiera otro significado.
Un reciente estado de Instagram del propio Sandro lo muestra felicitando a un amigo cercano, al que llama “vampiro de Varadero”. La imagen, aparentemente inofensiva, lo retrata en un ambiente nocturno, relajado, entre risas y complicidad.
Ese amigo es Andy Biart Corzo, un nombre poco conocido para el gran público, pero cuya actividad en redes sociales y negocios digitales abre una ventana al entorno en el que se mueve el nieto del dictador que sentó las bases de la Cuba actual: un país en manos de las élites castristas, de familias mafiosas, de testaferros y privilegiados, y de dirigentes corruptos que concentran todo el poder y gestionan como capataces de la finca de los Castro.
Biart Corzo está vinculado a “Animal Nocturno”, una plataforma de ventas que ofrece envíos a Cuba de alimentos, bebidas, productos de aseo e incluso electrodomésticos.
El catálogo, comercializado en dólares, incluye desde pollo, carne de res, aceite y leche en polvo, hasta whisky, cerveza, cigarrillos y neveras. Todo lo necesario para vivir —o sobrevivir— en la isla, siempre que se tenga acceso a divisas.
Ahí es donde el contraste deja de ser anecdótico y se convierte en estructural.
Mientras Sandro posa de filántropo y reparte comida gratis en algunos barrios, su entorno más cercano se mueve en un circuito económico donde esos mismos productos se venden en dólares, a precios inaccesibles para la mayoría de los cubanos que dependen de un salario estatal que apenas alcanza para unos pocos días.
Basta echar un vistazo a la oferta de “Animal Nocturno” para ver los contrastes que luego dan pie a la filantropía de Sandrito y sus amigos: un kilogramo de picadillo a 7,90 dólares mientras el salario medio en Cuba es de 12,8 dólares (6.930 CUP); un cartón de 30 huevos a 8,90 dólares (4.806 CUP); 10 libras de muslos de pollo (4 kilos y medio) a 14 dólares (7.560 CUP); un kilo de leche en polvo a 9,35 dólares (5.049 CUP).
En la práctica, la supervivencia cotidiana en Cuba depende cada vez más de las remesas enviadas desde el extranjero, por familiares que emigraron precisamente huyendo de la falta de oportunidades y la pobreza impuesta por un régimen extractivo y dictatorial.
La escena, entonces, cambia de sentido.
La “filantropía” deja de ser un gesto aislado de solidaridad para convertirse en parte de una narrativa más compleja, donde quienes tienen acceso privilegiado a bienes y divisas reparten, ocasionalmente, las migajas que sobran en sus almacenes rebosantes de productos inalcanzables de forma permanente para la mayoría de cubanos empobrecidos.
No se trata de cuestionar la ayuda en sí. En un país en crisis, cualquier plato de comida cuenta. El problema es el contexto en el que ocurre.
Cuba atraviesa una de las peores crisis económicas de su historia reciente. La escasez de alimentos, los apagones prolongados, la inflación y el deterioro de los servicios básicos han empujado a amplios sectores de la población a condiciones de vida cada vez más precarias.
En ese escenario, ha emergido una economía paralela, dolarizada, sostenida por importaciones privadas y pequeños negocios que operan fuera del alcance del salario medio.
Esa nueva realidad ha generado una desigualdad cada vez más visible.
Por un lado, una mayoría que sobrevive con pesos cubanos y acceso limitado a productos básicos. Por otro, una minoría que, gracias a conexiones, remesas o negocios, puede acceder a un mercado en dólares donde todo —desde un litro de aceite hasta una caja de pollo— tiene precio, pero también disponibilidad.
Es en ese segundo espacio donde se ubica el entorno social de Sandro Castro, esa nueva estrella que capta la atención de los medios internacionales, encantados de ponerle un micrófono delante para que hable del humanismo de su abuelo y de la necesidad de cambios en Cuba.
Las imágenes en redes sociales, tanto suyas como de personas cercanas como Biart Corzo (un "animal nocturno" como Sandro), muestran un estilo de vida marcado por fiestas, bebidas importadas, autos, casas con piscina y consumo sin las restricciones que enfrenta el cubano promedio. No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más visible.
En ese contexto, la escena del reparto de comida adquiere una carga simbólica difícil de ignorar.
Porque no es lo mismo la solidaridad que nace desde la escasez compartida que la que se ejerce desde una posición de privilegio. Y cuando esa solidaridad se documenta, se publica y se convierte en contenido, la línea entre ayuda y puesta en escena se vuelve difusa.
La pregunta, entonces, no es si Sandro Castro puede o no repartir comida. Puede, y probablemente quienes la reciben lo agradecen. La cuestión es qué representa ese gesto en el contexto de la Cuba actual.
¿Es un acto genuino de empatía o una forma de gestionar imagen en medio de un entorno de privilegios? ¿Es caridad o síntoma de un sistema donde el acceso a lo básico depende cada vez más de la capacidad de pagar en dólares?
El propio uso del término “vampiro” para referirse a su círculo cercano resulta, quizás sin quererlo, revelador. No como insulto, sino como metáfora involuntaria de una dinámica donde unos pocos parecen vivir al margen —o por encima— de las carencias que afectan a la mayoría de los cubanos. Es decir, chupándoles la sangre.
Al final, el problema no es que alguien reparta comida en Cuba. El problema es que haya que hacerlo, y que encima lo hagan los herederos de los responsables de haber hundido la economía del país y arruinado a los cubanos; los mismos que ahora negocian con los Estados Unidos a ver a cómo tocamos.
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