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La posibilidad de una transición política en Cuba tras décadas de régimen comunista abre una pregunta cada vez más relevante entre opositores y exiliados: ¿quién gobernaría la isla si el sistema actual colapsa?
Ese es uno de los debates que aborda la revista británica The Economist en un reciente análisis sobre el futuro de Cuba, donde advierte sobre el temor de algunos sectores del exilio a que una eventual transición termine reproduciendo un esquema similar al ocurrido en Venezuela, con una figura surgida del propio aparato de poder ocupando el espacio dejado por la cúpula histórica.
La publicación menciona el caso venezolano como referencia obligada. Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de este año, Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina dentro de una estructura que mantuvo buena parte de los mecanismos de control heredados del chavismo.
Según The Economist, algunos líderes del exilio cubano consideran que un escenario semejante sería inaceptable para Cuba. Marcell Felipe, presidente del American Museum of the Cuban Diaspora, afirmó a la revista que Venezuela "no es un modelo que la comunidad aceptará para Cuba".
Para quienes defienden una transformación profunda de la isla, el objetivo no sería sustituir a una figura por otra dentro del mismo entramado de poder, sino avanzar hacia una apertura democrática real.
Sin embargo, la propia revista plantea una diferencia fundamental entre ambos países: Cuba podría no tener una figura equivalente a Delcy Rodríguez.
Ricardo Zúñiga, exdiplomático estadounidense y uno de los arquitectos del acercamiento impulsado por la administración de Barack Obama, sostiene que el régimen cubano funciona de manera distinta. En declaraciones recogidas por The Economist, aseguró que las autoridades estadounidenses no han encontrado una figura capaz de desempeñar ese papel porque "no es así como funciona el régimen".
Según Zúñiga, el poder en Cuba opera como un "consorcio de personas con las armas y la voluntad de conservar el poder", una descripción que apunta al peso de las Fuerzas Armadas, los órganos de seguridad y las estructuras económicas controladas por el Estado.
La ausencia de un interlocutor claro complica cualquier escenario de transición negociada. Mientras en otros sistemas autoritarios pueden surgir dirigentes dispuestos a asumir una reforma controlada, en Cuba el poder se encuentra distribuido entre diversos centros de influencia con capacidad para bloquear cambios que amenacen sus intereses.
Por ello, la discusión sobre el futuro de la isla ya no se limita a la posibilidad de una caída del régimen. La incógnita que comienza a ganar protagonismo es qué tipo de liderazgo emergería después y si una eventual transición supondría una ruptura real con el modelo actual o simplemente una reorganización interna del poder.
El debate, que hasta hace pocos años parecía remoto, ocupa ahora espacio en medios internacionales y entre figuras influyentes del exilio cubano, reflejando la creciente atención que despiertan los posibles escenarios para una Cuba postcastrista.
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