Cuba después de Venezuela: La lección que La Habana puede extraer de la estrategia de Rubio

Bruno Rodríguez, Marco Rubio y Delcy Rodríguez © cubaminrex.cu - whitehouse.gov - Instagram / @delcyrodriguezv
Bruno Rodríguez, Marco Rubio y Delcy Rodríguez Foto © cubaminrex.cu - whitehouse.gov - Instagram / @delcyrodriguezv

Cuba está observando lo que ocurre en Venezuela.

No necesita conocer todos los detalles del acuerdo petrolero ni compartir la política de la administración Trump para extraer una conclusión estratégica: Washington está dispuesto a negociar con estructuras vinculadas al antiguo régimen cuando considera que hacerlo permite estabilizar un país, recuperar su economía y avanzar sus intereses nacionales.

Eso no significa que Donald Trump o Marco Rubio hayan abandonado la idea de una transición democrática. Pero sí introduce una variable que La Habana puede explotar: el tiempo.

La experiencia venezolana muestra que una administración puede necesitar primero trabajar con quienes controlan las instituciones, aunque esos mismos actores procedan del sistema que Washington pretendía superar.

Para Cuba, donde el Partido Comunista y las estructuras estatales han sobrevivido durante décadas a presiones internas y externas, la tentación de aplicar una estrategia semejante es evidente.

Conceder algo. Negociar. Mantener abierto el diálogo. Y esperar.

Rubio ya ha rebajado las expectativas de un cambio inmediato

El propio secretario de Estado ha modificado el lenguaje empleado sobre Cuba.

En julio, Rubio sostuvo que Estados Unidos debía ser «realista» y «paciente» y recordó que nunca había fijado un calendario para el cambio en la isla.

En agosto fue todavía más explícito: dijo estar convencido de que, antes de terminar la administración Trump, Cuba estaría en una «senda irreversible» hacia un futuro muy diferente, pero advirtió que no era posible desarraigar de un día para otro un sistema que lleva 70 años establecido. Como referencia, citó la duración de las transformaciones políticas en Europa del Este.

El cambio de lenguaje no equivale a una renuncia. De hecho, Rubio sigue describiendo la transformación cubana como una prioridad para Estados Unidos y afirma que el objetivo es que la isla sea finalmente segura, estable y alineada con Washington.

Pero sí hay una nueva realidad: la administración ya no está planteando públicamente que el cambio político cubano tenga que producirse en cuestión de meses.

Está hablando de una trayectoria. Y una trayectoria puede avanzar. Pero también puede ser ralentizada deliberadamente.

Esa diferencia puede ser aprovechada por La Habana

El régimen cubano lleva décadas demostrando una enorme capacidad para sobrevivir a períodos de crisis.

No necesita convencer a Washington de que el sistema es democrático. Puede intentar convencerlo de algo más sencillo: que todavía es posible modificarlo sin sustituirlo.

El régimen puede ofrecer reformas económicas. Puede abrir determinados espacios al sector privado. Puede liberar a presos en grupos. Puede ampliar determinados contactos diplomáticos. Puede ofrecer cooperación sobre migración. Puede aceptar conversaciones. Puede introducir cambios administrativos.

Y después puede sostener que todo eso necesita tiempo.

Cada concesión puede convertirse en argumento para una nueva ronda de negociación. Y cada nueva ronda puede reducir el incentivo estadounidense para pasar de la presión a una ruptura más profunda.

Ese es el escenario que Venezuela permite imaginar.

El peligro para Rubio no es la negociación

Una transición autoritaria no se convierte en democrática simplemente porque Washington se niegue a hablar con el poder existente.

En algunos casos, negociar con quienes controlan el Estado es inevitable. El problema aparece cuando la negociación se convierte en un sustituto de la transferencia de poder.

La experiencia venezolana plantea justamente esa pregunta. Washington puede trabajar con Delcy Rodríguez porque ella controla el Estado. Pero ¿qué garantiza que, una vez normalizada la relación económica, la necesidad de estabilidad no termine reduciendo el incentivo para acelerar la transición?

En Cuba, el problema sería aún mayor.

No existe actualmente una figura equivalente a Delcy que pueda presentar una transición ordenada al estilo venezolano. La estructura de poder es más cerrada y el Partido Comunista conserva el control institucional.

Por ello, cualquier apertura negociada puede ser absorbida por el propio sistema. La Habana tiene experiencia haciendo reformas económicas sin convertirlas en reformas políticas.

El precedente venezolano puede producir dos efectos opuestos en Cuba

El primero sería favorable a Rubio.

Si Venezuela demuestra que la presión estadounidense, seguida de negociación y recuperación económica, termina conduciendo a elecciones libres, Cuba recibirá una señal muy clara: la cooperación con Washington sirve para abrir una transición, no para evitarla.

El segundo sería mucho más preocupante.

Si Venezuela consigue recuperar su economía, integrarse con Estados Unidos y estabilizar su gobierno sin resolver de manera convincente la cuestión electoral, La Habana podrá concluir que existe una alternativa: hacer concesiones suficientes para normalizar la relación con Washington sin renunciar al control político.

Esa sería una lección mucho más peligrosa.

Para un régimen, el tiempo puede ser una herramienta

Este es el punto que probablemente más debería preocupar a Rubio.

El régimen cubano no necesita ganar una discusión ideológica con Washington. Solo necesita sobrevivir la ventana de presión estadounidense.

Las elecciones de medio mandato de Estados Unidos se celebran en noviembre de 2026 y el mandato presidencial de Donald Trump termina el 20 de enero de 2029.

Eso no significa que la política exterior estadounidense vaya a desaparecer después de esas fechas ni que la estrategia de Rubio dependa automáticamente de ellas.

Pero sí significa que la actual Administración dispone de una ventana política limitada para demostrar que su estrategia funciona.

La Habana dispone de otra ventaja: no necesita demostrar resultados antes de una fecha electoral. Puede esperar.

El régimen puede considerar suficiente que Trump llegue a 2028 sin haber producido una ruptura política irreversible. Para Washington, en cambio, la pregunta será qué cambios estructurales quedan consolidados antes de enero de 2029.

Rubio ha elegido una palabra importante: «irreversible»

Precisamente por eso la expresión utilizada por Rubio en agosto merece más atención que cualquier fecha.

Dijo que Cuba debía encontrarse antes del final de la administración en una «senda irreversible» hacia un futuro diferente.

La palabra esencial no es «futuro». Es «irreversible». Porque un cambio reversible no modifica los incentivos fundamentales del régimen.

Una economía más abierta puede volver a cerrarse. Un permiso empresarial puede retirarse. Un preso liberado puede ser nuevamente detenido. Una negociación puede interrumpirse. Una reforma administrativa puede derogarse.

La pregunta que Washington debería hacerse, por tanto, no es cuántas concesiones obtiene La Habana. Es: ¿Qué reformas pueden sobrevivir a un cambio de gobierno y hacer imposible regresar al sistema anterior?

En política, la irreversibilidad suele empezar por las instituciones.

El acuerdo venezolano puede ayudar a responder esa pregunta

La administración Trump tendrá la oportunidad de demostrar en Venezuela qué entiende por una transición que realmente cambia las reglas del juego.

Si las nuevas inversiones y acuerdos petroleros se acompañan de: instituciones electorales independientes; libertad para los partidos; garantías para la oposición; liberación de presos políticos; retorno seguro de dirigentes exiliados; y un calendario electoral vinculante, entonces la recuperación económica puede ser interpretada como una herramienta de la transición.

Si los acuerdos económicos avanzan mientras esos elementos permanecen en segundo plano, la lectura será mucho más problemática.

Y el régimen cubano estará tomando nota.

El sector privado también es parte de esta ecuación

La administración ha señalado que quiere favorecer un sector privado cubano independiente y evitar que los beneficios económicos terminen fortaleciendo al aparato estatal.

La idea puede tener sentido como instrumento de transformación. Pero aquí también existe una condición: crear actividad privada no es lo mismo que crear ciudadanos políticamente libres.

Un pequeño empresario puede tener más autonomía económica sin poder crear un partido. Una empresa privada puede funcionar sin que exista independencia judicial. El comercio puede aumentar sin que exista libertad de prensa. La apertura económica puede incluso mejorar la capacidad administrativa del Estado sin reducir su monopolio político.

Por eso la política estadounidense necesita distinguir entre liberalización económica y transición democrática. Una puede ayudar a la otra. Pero no son equivalentes.

La Habana podría intentar demostrar que sí lo son

Ese sería un movimiento inteligente del régimen.

Cuba podría ofrecer a Washington un paquete de reformas económicas y administrativas, presentar esas medidas como un cambio histórico y pedir a cambio tiempo, inversión y reducción de la presión.

Si Estados Unidos acepta esa lógica sin establecer objetivos políticos verificables, el régimen habrá conseguido algo muy valioso: transformar la discusión de «¿cuándo dejarán de gobernar?» en «¿cuánto más pueden reformar sin dejar de gobernar?».

Eso sería un cambio completo de la naturaleza de la negociación. Y el precedente venezolano puede ser decisivo para saber qué respuesta obtiene.

La diferencia entre Delcy y La Habana puede ser importante

Tampoco hay que asumir que Cuba copiará el modelo venezolano.

Venezuela cuenta con un recurso petrolero gigantesco que hace especialmente atractiva su relación con Estados Unidos y cambia la estructura de incentivos. Cuba no ofrece esa misma ventaja económica.

Por ello, La Habana tendrá que identificar otras áreas en las que pueda convertirse en un interlocutor indispensable: migración, seguridad, inteligencia, ubicación estratégica, telecomunicaciones, cooperación regional o determinadas oportunidades económicas.

Esto, de hecho, puede reforzar el dilema.

Cuanto más útil sea el régimen para los intereses estadounidenses, más difícil puede resultar para Washington decidir cuándo la utilidad deja de justificar la continuidad del interlocutor actual.

El reto personal de Rubio

Rubio ha construido una posición particularmente dura frente al régimen cubano.

Ha insistido en que este debe realizar cambios reales y que Estados Unidos continuará utilizando las herramientas disponibles para presionarlo. En julio pidió a los dirigentes cubanos comprometerse con reformas reales «antes de que sea demasiado tarde».

Pero en agosto también reconoció que la transformación será necesariamente gradual.

No existe contradicción entre las dos afirmaciones. La dificultad está en hacerlas compatibles.

Paciencia no puede significar permisividad. Proceso no puede significar aplazamiento indefinido. Reforma económica no puede significar sustitución de la reforma política. Y, sobre todo, estabilidad no puede convertirse en el criterio final de éxito.

Porque un régimen autoritario puede ofrecer estabilidad durante décadas. Lo difícil es construir instituciones que hagan innecesario ese régimen.

La lección que Rubio debe extraer de Venezuela

La experiencia venezolana puede terminar siendo el mayor argumento a favor de la estrategia cubana de la administración Trump o su mayor advertencia.

Si Washington demuestra que es posible negociar con estructuras del antiguo régimen, reconstruir una economía devastada y después transferir el poder mediante elecciones libres, habrá construido un novedoso modelo de presión y transición.

Pero si la recuperación económica precede de manera indefinida a la democratización, La Habana habrá recibido otro mensaje: Estados Unidos puede ser persuadido de esperar.

Y esperar es precisamente lo que un régimen autoritario sabe hacer mejor.

La política hacia Cuba debería evitar, por tanto, una trampa aparentemente menor pero estratégicamente decisiva: confundir la evidencia de que el régimen se mueve con la evidencia de que el régimen está dispuesto a dejar de gobernar de la misma manera.

Rubio no necesita demostrar que puede cambiar Cuba en un año. Necesita demostrar que cada año de negociación deja al sistema menos capacidad para volver atrás.

Ese debería ser el verdadero significado de su promesa de una «senda irreversible».

Y Venezuela acaba de darle una prueba de enorme importancia.

Porque la pregunta ya no es solamente qué consigue Washington de Caracas.

La pregunta es qué aprende La Habana de lo que Washington está dispuesto a aceptar en Caracas.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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