
El diario oficial Granma aprovechó el Día Internacional de la Paz para rescatar una imagen cuidadosamente seleccionada del dictador Fidel Castro: la del estadista preocupado por evitar las guerras, defensor del desarme y convencido de que preservar la paz constituía «el deber más sagrado de todos los seres humanos».
En el artículo «Fidel y la paz como derecho sagrado», publicado este domingo, el periódico del Partido Comunista de Cuba encadenó declaraciones del gobernante cubano sobre la paz, la coexistencia pacífica y el peligro de una conflagración mundial. Las citas existen y forman parte de su discurso político.
Sin embargo, lo que no aparece en el texto es la otra parte de la biografía de Castro: el dirigente que llegó al poder mediante una insurrección armada, que defendió públicamente la guerra de guerrillas como vía revolucionaria para América Latina, y que apoyó movimientos armados fuera de Cuba.
En el retrato idealizante de la prensa oficialista —acompañado de ilustración alambicada de Ernesto Rancaño— no aparece el estratega que contempló durante la Crisis de los Misiles una escalada nuclear en caso de invasión estadounidense, que envió decenas de miles de soldados a guerras africanas y que construyó dentro de la isla una sociedad preparada durante décadas para combatir.
El problema del retrato de Granma, por tanto, reside no tanto en lo que cuenta, como en todo lo que deja fuera.
El discurso sobre la paz y la carta nuclear de 1962
Uno de los pasajes escogidos por Granma procede precisamente de 1962. Al recibir el Premio Lenin de la Paz, Castro afirmó que luchar por la paz significaba salvar a la humanidad de una «destrucción apocalíptica».
Pero aquel mismo año dejó otro documento extraordinariamente revelador.
El 26 de octubre de 1962, en el momento más peligroso de la Crisis de los Misiles, Castro escribió a Nikita Jruschov convencido de que un ataque estadounidense contra Cuba podía producirse en las siguientes 24 a 72 horas.
En caso de una invasión destinada a ocupar la isla, Castro planteó que la Unión Soviética no debía permitir que Estados Unidos quedara posteriormente en condiciones de efectuar un primer ataque nuclear contra territorio soviético.
La Biblioteca Presidencial John F. Kennedy resume el documento señalando que Castro instó a Jruschov a efectuar un primer ataque nuclear contra Estados Unidos en caso de invasión de Cuba.
El contexto es imprescindible: Castro creía que una invasión estadounidense era inminente y Cuba había sufrido el año anterior la invasión de Bahía de Cochinos.
Pero el documento también forma parte de su legado. Resulta difícil construir un retrato histórico completo del Fidel de 1962 seleccionando únicamente sus declaraciones sobre evitar el apocalipsis nuclear y excluyendo su posición durante la crisis que más cerca llevó al mundo de ese escenario.
Cuando Fidel defendía que no había que hacerse «ilusiones» con la vía pacífica
Cinco años después, Castro dejó todavía menos espacio para la interpretación sobre el papel que concedía a las armas en la expansión de la revolución latinoamericana.
En agosto de 1967, durante la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), celebrada en La Habana, sostuvo que nadie debía albergar «ilusiones» sobre la toma del poder por medios pacíficos en América Latina.
Su razonamiento fue más allá. Castro afirmó que, a largo plazo, existía una solución para la región: la guerra de guerrillas. La calificó como la forma principal de lucha y aclaró que ello tampoco excluía otras modalidades de lucha armada.
No se trataba entonces de una doctrina concebida para defender las costas cubanas de una invasión estadounidense. Castro estaba hablando de cómo conquistar el poder político en otros países latinoamericanos.
En el mismo discurso arremetió contra dirigentes comunistas venezolanos que pretendían abandonar la lucha guerrillera y participar en elecciones. El texto permite comprobar hasta qué punto la violencia revolucionaria formaba parte explícita de su concepción política durante aquella etapa.
Nada de esto significa que Castro mantuviera exactamente la misma estrategia internacional durante casi medio siglo. Su política exterior evolucionó y en otros momentos recurrió a la negociación y la diplomacia. Pero tampoco puede borrarse aquella doctrina cuando se pretende reconstruir su pensamiento sobre la paz.
De la Sierra Maestra a las guerras de África
La dimensión militar del castrismo tampoco quedó circunscrita a los discursos.
En 1975 comenzó la gran intervención cubana en Angola, conocida como Operación Carlota. Cuba respaldó militarmente al MPLA en una guerra internacionalizada en la que también participaron o intervinieron, de distintas formas, la Unión Soviética, Sudáfrica, Estados Unidos y movimientos angoleños enfrentados.
La explicación cubana presentó aquella participación como internacionalismo y solidaridad con los movimientos africanos de liberación frente al colonialismo y al régimen sudafricano del apartheid. Ese contexto tampoco debe omitirse.
Pero las dimensiones alcanzadas por la presencia cubana son difíciles de conciliar con la imagen de un Estado cuya política militar se limitaba a proteger su propio territorio.
Cuando Cuba, Angola y Sudáfrica alcanzaron los acuerdos de 1988, el calendario de retirada sometido a verificación internacional comprendía unos 50.000 militares cubanos en Angola. Naciones Unidas creó la misión UNAVEM I para supervisar su salida, completada finalmente en mayo de 1991.
Era una proyección militar extraordinaria para un país del tamaño y población de Cuba, desarrollada a miles de kilómetros del territorio nacional.
No fue solo Angola: 42.000 a 47.000 cubanos en África
Etiopía constituye otro episodio difícil de omitir.
Documentos estadounidenses de 1978 estimaban entre 42.000 y 47.000 cubanos desplegados en África, incluyendo aproximadamente 20.000 militares en Angola, 17.000 en Etiopía y centenares de asesores militares en Mozambique, además de miles de colaboradores civiles.
El mismo análisis describía la relación soviético-cubana en África como «simbiótica»: sus intereses coincidían en numerosos puntos, aunque no fueran necesariamente idénticos. Cuba proporcionaba sobre todo el componente humano; Moscú aportaba enormes cantidades de armamento, transporte, logística y respaldo estratégico.
En Etiopía, documentos estadounidenses describen además la llegada de asesores soviéticos y cubanos mediante el puente aéreo soviético y preparativos para emplear tropas cubanas en combate con artillería, cohetes, armamento antiaéreo e incluso aviación.
La discusión historiográfica sobre si Cuba actuaba como simple instrumento de Moscú requiere cautela. Existen investigaciones que conceden a Castro considerable autonomía, especialmente en la decisión de intervenir en Angola.
Pero eso no elimina otra realidad: la enorme capacidad expedicionaria cubana era posible dentro de una relación económica, militar y logística privilegiada con la URSS.
¿Soldados cubanos como «moneda de cambio» con Moscú?
Documentos desclasificados permiten incluso explorar una dimensión que rara vez aparece en la narrativa oficial cubana: el coste económico de esas intervenciones y el posible reembolso soviético.
Un memorando del Departamento de Estado de enero de 1976 estimó en unos 160 millones de dólares el apoyo militar soviético al MPLA durante 1975 si se incluían los costes cubanos que, según asumía el análisis, Moscú podía estar reembolsando.
La estimación calculaba unos 63 millones relacionados con la participación cubana: 39 millones en equipamiento, 20 millones en personal militar y cuatro millones en transporte.
El matiz es fundamental: el documento estadounidense partía expresamente del supuesto de que la URSS estuviera reembolsando esos gastos. No constituye una factura soviética ni demuestra que Castro cobrara una cantidad determinada por cada soldado enviado a África.
Lo que sí aparece ampliamente documentado es una división de capacidades muy conveniente para ambas partes: Moscú proporcionaba recursos, armas y transporte estratégico, mientras La Habana podía proporcionar algo políticamente mucho más delicado para la URSS: miles de hombres dispuestos a combatir directamente sobre el terreno.
Un intercambio estadounidense-soviético de 1979 ilustra precisamente esa discusión.
Ante la acusación estadounidense de que la URSS había trasladado prácticamente un ejército cubano a Angola, el diplomático soviético Aleksandr Bessmertnykh respondió que Moscú no controlaba a los cubanos y que estos constituían una fuerza independiente.
El representante estadounidense replicó que, aunque Moscú quizá no pudiera ordenar a Castro qué hacer, Cuba dependía de barcos y aviones soviéticos para proyectar semejante fuerza.
Más que una simple relación entre amo y subordinado, la documentación permite hablar de intereses convergentes: Castro obtenía recursos, capacidad militar y una influencia internacional muy superior al peso económico de Cuba; la URSS disponía de un aliado capaz de colocar grandes contingentes de combatientes en escenarios de la Guerra Fría sin desplegar allí un número equivalente de soldados soviéticos.
La militarización también ocurrió dentro de Cuba
Pero existe una parte de la historia todavía más cercana a varias generaciones de cubanos.
La cultura militar desarrollada bajo Castro no quedó limitada a las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
El Estado articuló una concepción defensiva conocida como Guerra de Todo el Pueblo, creó las Milicias de Tropas Territoriales, mantuvo el servicio militar y extendió la preparación para la defensa a diferentes ámbitos de la sociedad.
La lógica oficial era fundamentalmente disuasoria: ante la imposibilidad de derrotar convencionalmente a Estados Unidos, una invasión debía encontrarse con un país preparado para ofrecer resistencia generalizada y prolongada.
La existencia de amenazas estadounidenses durante determinados períodos tampoco fue una invención. Bahía de Cochinos ocurrió, la Operación Mangosta existió y Washington desarrolló durante la Guerra Fría acciones encubiertas contra el gobierno cubano.
Pero reconocer esos hechos no obliga a aceptar que el peligro de invasión tuviera siempre la misma intensidad durante las décadas siguientes ni que cada nueva advertencia gubernamental sobre un ataque inminente correspondiera proporcionalmente con los planes reales de Washington.
Ese es precisamente uno de los aspectos que la narrativa oficial rara vez somete a examen: hasta qué punto amenazas reales, especialmente intensas durante determinados períodos, terminaron convertidas también en un elemento permanente de movilización política.
Túneles para una guerra que siempre parecía estar a punto de comenzar
La preparación llegó a modificar físicamente las ciudades.
A comienzos de la década de 1990 continuaban construyéndose en La Habana los llamados «túneles populares», destinados a servir como refugios y posiciones ante un eventual ataque estadounidense.
Una crónica de Los Angeles Times publicada en 1991 describió kilómetros de túneles construidos mientras a la población se le advertía de la posibilidad de que Estados Unidos aprovechara el derrumbe del bloque comunista para atacar Cuba.
The Washington Post describía al año siguiente a miles de trabajadores movilizados para ampliar esa red y señalaba que Castro llevaba décadas recurriendo a la imagen de una Cuba sometida a una amenaza permanente de su poderoso vecino.
Determinar en qué momentos concretos aquella amenaza era real, plausible, exagerada o utilizada políticamente requiere comparar los discursos cubanos con documentos desclasificados de cada período.
Pero la consecuencia interna resulta observable: generaciones de cubanos vivieron dentro de una estructura política en la que la posibilidad de la guerra ocupaba un lugar constante.
El enemigo exterior y la cohesión interior
La retórica de Fidel estuvo además marcada por un vocabulario de combate que desbordó ampliamente los asuntos estrictamente militares: «batallas», «trincheras», «enemigos», «mercenarios», «traidores», «resistencia», «victoria» y «derrota» fueron categorías recurrentes de su discurso político.
El enfrentamiento con Estados Unidos proporcionaba un enemigo exterior real en determinados momentos, pero también una poderosa estructura narrativa: una Revolución permanentemente amenazada necesitaba unidad, disciplina, movilización y vigilancia.
Dentro de esa lógica, la frontera entre adversario exterior y adversario político interno podía hacerse difusa. La crítica al sistema podía ser presentada no solamente como discrepancia, sino como colaboración con el enemigo, «mercenarismo» o «contrarrevolución».
Ese mecanismo merece ser analizado con documentación específica y sin convertir cada caso en idéntico. Pero constituye una dimensión imprescindible para estudiar hasta qué punto la noción de un país permanentemente asediado ayudó también a legitimar el modelo político construido por Castro.
El Fidel que cabe en el Granma
Nada impide encontrar numerosas declaraciones de Fidel Castro a favor de la paz. Existen. También negoció, respaldó acuerdos diplomáticos y terminó aceptando una retirada pactada de Angola que Naciones Unidas verificó y consideró cumplida.
Precisamente por eso, reducir su trayectoria a una sola dimensión tampoco sería históricamente riguroso. El problema aparece cuando Granma transforma una parte de esa trayectoria en la trayectoria completa.
El Castro que el diario oficial presenta en el Día Internacional de la Paz habla de desarme, coexistencia pacífica, justicia y supervivencia de la humanidad.
Fuera de ese encuadre queda el dictador que llegó al poder con las armas; que en 1967 rechazaba las «ilusiones» de conquistar pacíficamente el poder en América Latina y defendía la guerrilla como principal forma de lucha; que durante la Crisis de los Misiles planteó a Jruschov una posición nuclear extrema en caso de invasión; que convirtió Cuba en protagonista militar de conflictos africanos y que presidió durante décadas un Estado en el que la preparación para una eventual guerra penetró profundamente en la sociedad.
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