Disturbios en Estados Unidos por la muerte de George Floyd Foto © EITB

La izquierda globalista silencia la tragedia de Cuba

La Derecha y las democracias del mundo siguen comiendo catibía frente a los desmanes de la izquierda globalista y sectaria que ha logrado, incluso, reconstruir el viejo discurso de superioridad moral de Lenin y sigue mataperreando a gusto en plazas y calles democráticas y callando frente a los desmanes de las dictaduras de Arabia Saudí, Irán, Cuba, Nicaragua, Venezuela, China y Corea del Norte, entre otras.

Los cínicos de la izquierda saben que la casta wahabí no se anda con miramientos y que pueden acabar despedazados como el periodista Jamal Khashoggi y por eso callan ante la barbarie del terrorismo vinculado al islamismo radical y los linchamientos de homosexuales en Teherán, por ejemplo.

La muerte -que no asesinato- como prueba la autopsia realizada a George Floyd, ha servido a los activistas del izquierdismo mundial para armar el lío e intentar desestabilizar a sociedades democráticas que parecen indefensas ante el avance del ¿socialismo? del siglo XXI.

Frente a esos intentoss, mano dura sin contemplaciones; aplicar la ley a rajatabla, protegiendo a ciudadanos y empresas; conmueve la muerte de un ser humano, pero ello no justifica asaltar y saquear propiedades ajenas y generar caos en las calles.

Los alborotadores en Estados Unidos, Brasil, Chile, Argentina y Europa son los mismos que silenciaron la muerte del negro cubano Orlando Zapata Tamayo, albañil y plomero, tras una huelga de hambre y sed de 86 días, que acabó con su vida en una sala hospitalaria para presos en La Habana.

Los numerosos aliados del tardocastrismo en el mundo y los gusañeros regocijados por visitar su antiguo CDR con dólares en el bolsillo, compraron la tesis del gobierno cubano de que se trataba de un delincuente con historial delictivo, que es la fórmula habitual del totalitarismo para intentar desacreditar a sus opositores.

Pero aún dando por buena la manipulación de La Habana, que reprimiría violentamente cualquier algarada callejera en honor a Zapata Tamayo, resulta que el fallecido Floyd era también negro, pobre y delincuente, según sus antecedentes policiales; de hecho, el intento de pagar con un billete falso de 20 dólares en una tienda desencadenó su detención y posterior muerte.

Debe resultar muy duro para una revolución tan virtuosa soportar la frustración de que un hombre nacido en el año en que Che Guevara fue asesinado en Bolivia, y educado en un sistema que dijo a los pobres: Lee y no creas; haya acabado siendo un delincuente terco que se suicidó lentamente.

Algo falla en el paraíso de los pobres, cuando ocurren estas anomalías. ¿Cuál es la diferencia, entonces?

Sencilla, que Floyd es carne de mártir frente a Donald Trump, un presidente electo democráticamente por los norteamericanos y que nada resulta más fotogénico que un negro reducido por un policía blanco y la posterior algarabía mediática y la indignación de la izquierda globalista y sectaria que guarda vergonzoso silencio frente a los desmanes de sus correligionarios.

El sistema judicial norteamericano tiene acreditado prestigio de independencia y profesionalidad y sabrá calificar correctamente los hechos y juzgarlos en sus justos términos; pero esa ecuación democrática no cuadra a los mataperros globalistas que han generado un linchamiento al policía y a las fuerzas del orden para intentar conseguir debilitar las aspiraciones de reelección de Donald Trump.

Lógicamente, el Palacio de la Revolución ha dado orden a la prensa anticubana que financia para que amplifique la desgracia de Floyd y siga silenciando las denuncias de Juan Antonio Madrazo Luna: Cuba desoye las recomendaciones de Naciones Unidas en materia de igualdad racial, el partido comunista y el estado mantienen una posición conservadora frente a la discriminación e intentan achacar los problemas de los negros en la isla al diferendo con Estados Unidos.

Como La Habana sabe que cuenta con el apoyo incondicional de los bobos solemnes que militan en la izquierda mundial, incluidos los emigrados asiduos a las embajadas cubanas; ya habrá dado instrucciones precisas a sus agentes en Estados Unidos para que contribuyan financiera y discretamente a la campaña de Trump y de Biden, que es una práctica habitual de la casta verde oliva desde la Crisis de los Misiles, cuando Fidel Castro Ruz comprendió que los rusos solo lo querían como portaaviones a 180 kilómetros del imperialismo yanqui.

Si una vez reelecto, Trump recuperara sus empeños golfísticos en Cuba y cambiara la política, valorando la aportación económica del tardocastrismo a su campaña; nos divertiremos con el giro copernicano de La Habana y la prensa adicta al régimen que descubrirá virilidad en el pelo rojo del compañero presidente Donald y sus ancestros en Moa.

Como diría el compositor mexicano José Alfredo Jiménez, vivimos en un mundo raro, donde la mayoría de las 36 dictaduras en el mundo son de izquierda, pero solo las de derecha son repudiables.

En esta distorsión, la responsabilidad principal recae en una derecha acomplejada que se deja mangonear por la izquierda hábil en pretender responsabilizarla en los crímenes desde aquellos Patricios romanos hasta Pinochet y Stroessner; obviando los crímenes de Lenin, Stalin, Mao, Kim Il Sung y Fidel Castro Ruz, entre otros.

Macri y Piñera son los penúltimos ejemplos de esa debilidad de la derecha, que ha hecho posible el retorno del kichnerismo a Argentina, donde ya Jorge Luis Borges se encargó de avisar que los peronistas no son buenos ni malos; son incorregibles.

La otra gran falla de la Derecha es su descuido de los pobres, con un discurso para sus bobos solemnes que siguen sin percatarse que las políticas neoliberales han llenado las urnas de votos para la izquierda, que ostenta el récord mundial de producción de pobreza y emigrados, como ocurre en Cuba.

La Derecha debe afrontar, sin miedo a la izquierda, pero situar el combate de la pobreza y la desigualdad como prioridad política y no dejarse engatusar por los exaltados teóricos que -desde sus cuentas corrientes saneadas- pretenden decir a los estados que no inviertan recursos públicos, que ya se encargará el mercado de regular las sociedades.

Craso error, política suicida que alegra los corazones de la izquierda global y sectaria. La política de la derecha debe consistir en liberarse de complejos absurdos y, en el ámbito social, perseguir el fraude en ayudas sociales y evitar el parasitismo inducido a cambio de voto cautivo; pero ser ágiles socorriendo a quien realmente lo necesita y posibilitando que nadie -bajo sus gobiernos- quede sin estudiar o sin atención médica por su bajo nivel de renta.

Si alguien duda aún, solo debe estudiar el caso de Venezuela, donde el castrismo impuso su política batistiana, de Fulgencio, de comprar votos con asistencia médica; digo, eso fue lo que nos enseñaron en el colegio: Antes de la revolución, si un pobre necesitaba atención médica, tenía que entregar su cédula electoral y la de su familia al político de turno.

Cualquier parecido con esas brigadas médicas que Cuba vende por el mundo es mera coincidencia, fruto del azar; quizá la cercanía entre Birán y Banes genera discursos y habilidades parecidas, aunque a simple vista parezcan irreconciliables, como aquella señora de La Habana que colgó un cartel en la fachada de su casa: Permuto para Venezuela. Cuando fueron a preguntarle, dijo que así podría operarse de cataratas.

Mientras la Derecha siga miope y acobardada, los mataperros izquierdistas campearán a sus anchas y mantendrán su postura inmoral de aplaudir los disturbios en Estados Unidos, la democracia más antigua del mundo y lapidar a quienes critican y se oponen a la dictadura de Cuba, la más antigua de América Latina.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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