Duró lo que dura un merengue en la puerta de un colegio. El “respiro” eléctrico que Cuba experimentó en vísperas del 99 cumpleaños del dictador Fidel Castro se esfumó en cuanto se apagaron las velitas —o, mejor dicho, en cuanto se apagaron los reflectores de la propaganda.
La Unión Eléctrica (UNE) informó este miércoles en sus redes sociales que el déficit de generación de la víspera rozó los 1,576 MW, por encima de lo previsto, gracias a un repunte de la demanda y a las habituales averías que parecen tener calendario propio.

En el pico de la noche, tres centrales térmicas estaban fuera de servicio: la unidad 5 de la CTE Máximo Gómez, la unidad 1 de la CTE Santa Cruz y, como no podía faltar en la lista, la unidad 2 de Felton, ausente desde que encendieron el Morro.
Hoy miércoles, el pronóstico no es alentador: 1,475 MW de déficit en el horario pico, suficientes para mantener encendidos los hornos… pero solo en la cocina del disgusto popular.
En medio, 68 centrales de generación distribuida paradas por falta de combustible, limitaciones térmicas que restan 384 MW y promesas de “entradas” de unidades y motores que suenan más a ensayo de orquesta desafinada que a solución real.
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La narrativa oficial de los últimos días —esa que parecía insinuar que el espíritu del comandante iluminaba las plantas— ha chocado con la rutina: apagones de hasta 20 horas diarias, neveras descongeladas y madrugadas en vela.
El alivio fue tan breve que algunos bromean con que las termoeléctricas solo funcionan por “compromiso político” y que, después del 13 de agosto, volverán a su letargo habitual.
Al final, la “revolución energética” de Castro y su continuidad han dejado un sistema eléctrico que no se sostiene ni con homenajes. La única chispa que perdura es la de la indignación.
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