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Ahora que el régimen cubano celebra la “fundación del Partido Comunista de Cuba” (PCC) en octubre de 1965, su maquinaria propagandista reproduce un relato cuidadosamente diseñado para ocultar lo que en realidad fue una operación política de control absoluto: la disolución forzada de la pluralidad revolucionaria y la construcción de un Estado unipartidista basado en la obediencia.
En los discursos y la prensa oficialista, se repite que el PCC nació de la “unidad de las fuerzas que hicieron la Revolución”. Pero la historia real, documentada y contrastada, muestra que esa “unidad” fue impuesta a través de la exclusión, la delación y la represión interna.
La creación del PCC no fue el resultado natural de la convergencia ideológica entre el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular (PSP). Fue, más bien, el desenlace de una serie de traiciones políticas y purgas internas orquestadas para garantizar que solo una voluntad —la del autócrata Fidel Castro— prevaleciera en la cúspide del poder.
La mentira fundacional: Un partido “nuevo” sobre ruinas viejas
El Partido Comunista no nació en 1965. Ya existía desde 1925, cuando Carlos Baliño y Julio Antonio Mella fundaron el Partido Comunista de Cuba (Sección de la Internacional Comunista), luego renombrado Partido Socialista Popular (PSP).
Este partido sobrevivió a la república, sufrió represión bajo Gerardo Machado y Fulgencio Batista, pero también pactó con ambos en distintos momentos, especialmente en la década del 40, cuando Lázaro Peña y Blas Roca defendían una línea prosoviética y sindicalista, y en el escenario mundial se materializaba la alianza de EE.UU. con la Unión Soviética de Iósif Stalin para derrotar al nazismo.
Al triunfo de 1959, el PSP estaba debilitado, pero contaba con una estructura organizativa y cuadros ideológicos que el Movimiento 26 de Julio no tenía. Sin embargo, Castro desconfiaba de los viejos comunistas.
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Los consideraba burócratas, subordinados a Moscú y poco heroicos o patriotas. Aun así, los necesitaba para dar alguna legitimidad ideológica (marxista) a su revolución y gestionar el capital político de estos en la futura alianza que buscaba con la URSS, que terminó convirtiendo a la Isla en un satélite de Moscú, pero afianzando su poder totalitario.
La historia oficial omite que el primer acto de la unificación revolucionaria fue la eliminación del resto de los actores políticos. En apenas tres años, entre 1959 y 1962, desaparecieron el Directorio Revolucionario, el propio Movimiento 26 de Julio y el PSP como estructuras autónomas.
Lo que el régimen presenta hoy como “unidad”, en realidad fue asimilación forzada y desmantelamiento político.
De las ORI al PURSC: Laboratorio del control total
En 1961, Castro creó las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), un experimento para fusionar el M-26-7, el PSP y el Directorio. El discurso oficial habló de “coordinación revolucionaria”, pero en la práctica fue el primer paso hacia la centralización ideológica.
El PSP, con su experiencia organizativa, asumió un papel importante en las ORI, bajo la dirección de Aníbal Escalante, un viejo comunista disciplinado y eficiente. Pero Escalante cometió el error de actuar con autonomía.
En marzo de 1962, Castro lo acusó públicamente de “sectarismo” y “ambición personal”. Lo expulsó, lo envió al exilio y desmanteló su red de cuadros. Aquello fue la primera purga interna del nuevo poder, y su mensaje fue inequívoco: nadie debía tener poder propio fuera del control del Comandante en Jefe.
El siguiente paso fue el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), creado en 1962 sobre los restos de las ORI, y tras la oportunista “declaración del carácter socialista de la revolución cubana”.
Esta estructura eliminó cualquier posibilidad de debate interno. Los comités locales y regionales se convirtieron en mecanismos de vigilancia ideológica y control social. Cada militante debía rendir cuentas a los superiores, y la crítica se transformó en delito moral. La “unidad revolucionaria” ya era un hecho: una unidad basada en el miedo.
El caso Ordoqui y la “microfracción”: Cuando la Revolución devoró a sus hijos
El mito del Partido como “síntesis de lo mejor de la Revolución” se desmorona ante los procesos de depuración interna de los años sesenta. El caso Joaquín Ordoqui, en 1964, marcó un punto de inflexión.
Ordoqui, general y veterano del PSP, fue acusado de encubrir espionaje y traición. Fue apartado, detenido y silenciado. Su esposa, Edith García Buchaca, dirigente cultural y comunista de la vieja guardia, también fue purgada. Ninguno tuvo juicio público; ambos fueron borrados del relato oficial.
El caso Ordoqui fue el preludio del proceso de la “microfracción” (1967–1968), la mayor purga ideológica de la historia del PCC. Decenas de militantes —intelectuales, funcionarios y ex miembros del PSP— fueron acusados de mantener “vínculos con potencias extranjeras” y de conspirar contra el liderazgo de Castro. Hubo detenciones, autocríticas forzadas, destituciones y encarcelamientos.
El objetivo real no era eliminar conspiraciones, sino destruir cualquier resto de autonomía dentro del Partido. Con la “microfracción”, Castro liquidó los últimos vestigios del comunismo cubano pre-1959 y consolidó un partido hecho a su imagen: militarizado, vertical y personalista.
De partido político a instrumento del poder absoluto
El 3 de octubre de 1965, en el teatro Chaplin (hoy Karl Marx), Castro anunció la creación del Partido Comunista de Cuba. En el mismo acto, leyó la carta de despedida de Guevara, nombró el primer Comité Central y presentó el nuevo periódico oficial, Granma.
La escenografía fue calculada al detalle: el Partido se presentaba como herencia de la Revolución, cuando en realidad era su reformulación autoritaria.
Desde entonces, el PCC se convirtió en la estructura vertebral del Estado, sin legitimidad electoral ni competencia política. El pluralismo fue abolido, la prensa independiente prohibida y la disidencia reducida a traición.
En nombre de la “unidad”, se instauró el principio de un pensamiento único vigilado por los órganos de Seguridad del Estado.
La Constitución de 1976 consagró lo que ya era un hecho desde los sesenta: el PCC sería “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Una frase que resume seis décadas de dictadura de partido único.
La unidad como coartada del terror
La historia del PCC de Castro es la historia de cómo una revolución plural se convirtió en una maquinaria de control, y cómo un líder carismático transformó la promesa de justicia social en una dictadura ideológica. La “unidad revolucionaria” no fue un ideal, sino una herramienta de poder.
Bajo su manto se ejecutaron purgas, fusilamientos, censuras y silencios. Se destruyeron partidos, se persiguió a sindicalistas, se aplastó a intelectuales y se disciplinó a la sociedad. La unidad fue, y sigue siendo, el nombre oficial del miedo.
El discurso de la llamada “continuidad” que supuestamente lidera Miguel Díaz-Canel celebra que “las esencias son las mismas”, pero oculta esa verdad incómoda: el Partido Comunista no nació de la unidad, sino de la sumisión. Fue el triunfo del silencio sobre la diversidad, y de un caudillo sobre todos los demás.
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