
Vídeos relacionados:
El auge del sector privado en Cuba, con más de 11 mil mipymes registradas, cientos de miles de empleos creados y una creciente participación en la generación de bienes y servicios, demuestra que la iniciativa individual es hoy el motor más dinámico en medio de la crisis. Este crecimiento evidencia que, donde el Estado fracasa, los emprendedores cubanos llenan espacios esenciales.
Un informe de Cuba Study Group revela que el sector privado ha ganado terreno en la economía cubana: genera el 31,2% del empleo, aporta el 23% de los ingresos fiscales y domina el 55% del comercio minorista. Su influencia en el mercado interno lo convierte en uno de los pilares del funcionamiento económico del país.
A pesar de esto, el Estado cubano aún llena de trabas a las mipymes, asfixiándolas con burocracia, impuestos excesivos, regulaciones absurdas y controles que limitan su crecimiento. Al mismo tiempo, insiste en repetir el mensaje anacrónico de la supuesta importancia de la empresa socialista, cuando esa figura se ha convertido en sinónimo de ineficiencia y ruina.
Cuba, tras más de seis décadas de centralismo socialista, enfrenta una encrucijada: continuar hundiéndose en la crisis o dar el salto definitivo hacia una economía de mercado. Esa transición no solo es inevitable; mientras más temprano se realice, mejores serán las condiciones de vida para la mayoría de los cubanos.
El dilema real no es si Cuba pasará o no a la economía de mercado, sino cuándo y en qué condiciones.
El modelo económico cubano, basado en la planificación estatal y el control absoluto de los sectores productivos, ha demostrado una y otra vez su ineficiencia. La escasez permanente, la inflación desbocada, los apagones interminables, la falta de agua, el déficit fiscal y la falta de divisas marcan la vida cotidiana. La emigración masiva es quizá la prueba más dura: millones de jóvenes no ven futuro dentro de un sistema que no les da oportunidades.
Lo más leído hoy:
El modelo no funcionó ni bajo las subvenciones enormes de la URSS y el CAME. La escasez fue generalizada desde el inicio de la Revolución. Las libretas de racionamiento y de productos industriales no fueron inventos de los años 90 como resultado de la caída del campo socialista; en la Cuba socialista ha habido racionamiento siempre: si comprabas medias, no te tocaban calzoncillos.
Las producciones textiles nacionales, gestionadas por empresas estatales, terminaban muchas veces almacenadas porque nadie quería usarlas: ropa fea, sin estilo y de mala calidad. Los productos fuera de la canasta básica eran considerados un lujo; adquirir carne de res o cerveza fue siempre una epopeya para el ciudadano común. Una langosta era ciencia ficción. Comprar un automóvil “le tocaba” solo a un grupo restringido de trabajadores “vanguardia”.
El sistema socialista cubano destruyó la economía de mercado y la llegada de la empresa socialista, en lugar de estimular la productividad, creó un sistema especializado en racionar la escasez y destruir las fábricas y negocios nacionalizados.
Los trabajadores estatales son y han sido el reflejo más claro del fracaso. Aún recuerdo mi primer "salario" de 198 pesos en 1992, cuando el dólar superaba los 120 pesos cubanos. Los salarios en Cuba son y siempre han sido una burla. Prueba de ello siempre la hemos tenido delante: cirujanos devenidos taxistas, ingenieros convertidos en barman, o un cientifico fabricando parabolas.
Hoy, aunque el gobierno ha aumentado nominalmente los salarios, producto de la inflación causada en parte precisamente por ese aumento, estos siguen siendo insuficientes, y palidecen frente a los ingresos de quienes laboran en el sector privado o reciben remesas.
El régimen insiste en que abrir más espacio al mercado creará desigualdad. Pero la verdad es que nunca ha habido más desigualdad que ahora: entre quienes tienen acceso a dólares y quienes dependen solo del salario estatal, entre los que reciben remesas y los que sobreviven con lo que les da una libreta de racionamiento cada vez más vacía.
Los empresarios privados pagan y pagarán mejores salarios porque necesitan trabajadores motivados y productivos, no esclavos. Eso significa que miles de empleados estatales, hoy subvencionados sin crear valor real, podrían encontrar en el sector privado mejores ingresos y condiciones de vida.
Esta transición no solo beneficiaría a los trabajadores, también liberaría al Estado de cargar con plantillas infladas e improductivas, o de administrar y tratar de mantener fabricas vetustas. Recursos que hoy se gastan en mantener nóminas ficticias y pintar paredes en ruinas, podrían destinarse a mejorar las pensiones, fortalecer el sistema de salud y rescatar servicios sociales que hoy se caen a pedazos.
El dilema real no es si Cuba pasará o no a la economía de mercado, sino cuándo y en qué condiciones. Cada año de atraso multiplica la pobreza, destruye la infraestructura y obliga a más familias a separarse por la emigración.
El pueblo cubano merece un futuro de oportunidades, no de colas interminables, apagones y salarios simbólicos. Mientras más pronto el país dé el salto hacia un modelo de mercado, con reglas claras, salarios justos y un Estado concentrado en garantizar derechos y no en administrar ruinas, más posibilidades habrá de reconstruir la economía y ofrecer bienestar.
La transición es inevitable. Retrasarla solo prolonga la miseria. Adelantarla es la única vía para salvar a Cuba.
Archivado en:
Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.