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El régimen cubano ha intensificado su narrativa sobre el “bloqueo” de Estados Unidos, un término que repite con insistencia en sus discursos y noticieros como explicación universal para el desabastecimiento, los apagones y el colapso económico del país.
La ofensiva propagandística, reforzada esta semana por un espacio especial en el noticiero nacional, buscó desacreditar las palabras del subsecretario de Estado Christopher Landau, quien en respuesta a Miguel Díaz-Canel afirmó que “no existe un bloqueo” y que el verdadero responsable de la miseria cubana es el propio régimen comunista.
El programa televisivo, presentado por el periodista oficialista Jorge Legañoa Alonso, insistió en que la “asfixia económica” de Washington impide a Cuba importar alimentos, medicamentos y combustibles.
Sin embargo, los datos oficiales de agencias estadounidenses, organismos internacionales y fuentes independientes demuestran una realidad completamente distinta: Cuba comercia activamente con Estados Unidos, compra productos agrícolas, medicamentos, vehículos, maquinaria, e incluso recibe donaciones humanitarias en cifras que desmienten el relato de aislamiento.
El comercio que el noticiero no mostró
Lejos de un cerco absoluto, el intercambio comercial entre ambos países ha crecido de manera sostenida. Solo entre enero y mayo de 2025, Cuba importó alimentos desde Estados Unidos por más de 204,9 millones de dólares, según datos del Departamento de Agricultura (USDA). Esa cifra representa un aumento del 16,6 % respecto al mismo período del año anterior.
La carne de pollo sigue siendo el principal producto importado —con 15,7 millones en mayo—, pero la lista incluye arroz, leche en polvo, café, aceite vegetal, productos cárnicos procesados, e incluso donaciones humanitarias que superaron los 10,7 millones de dólares en los primeros cinco meses del año.
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En marzo de 2024, las importaciones agrícolas alcanzaron 40,6 millones de dólares, el doble que en marzo de 2023, y las exportaciones totales bajo la Ley de Reforma de Sanciones Comerciales y Mejora de las Exportaciones (TSREEA) sumaron 112,9 millones de dólares solo en el primer trimestre.
Desde que esa ley entró en vigor en 2001, Cuba ha comprado a Estados Unidos más de 7,800 millones de dólares en alimentos y productos agrícolas.
Estas cifras no solo desmontan el mito del “bloqueo alimentario”, sino que confirman que Washington permite —y facilita— exportaciones directas a la isla, siempre que sean pagadas al contado y no beneficien a entidades estatales sancionadas.
Medicinas: La verdad detrás del mito
El noticiero estatal también insistió en que el “bloqueo” impide importar medicamentos, una afirmación igualmente falsa.
En julio de 2023, la Embajada de Estados Unidos en La Habana informó que Washington había aprobado casi 900 millones de dólares en exportaciones médicas a Cuba desde enero de ese año, y más de 800 millones en 2022, el doble que en 2021.
“Sí se pueden importar medicamentos a Cuba”, recordó entonces la sede diplomática, citando las licencias del Departamento de Comercio y de la OFAC que autorizan la venta de equipos médicos, fármacos y suministros hospitalarios bajo excepciones humanitarias.
Las declaraciones oficiales desmintieron al canciller Bruno Rodríguez Parrilla, quien había asegurado que “no existe posibilidad alguna” de comprar medicinas en el mercado estadounidense.
Los hechos muestran lo contrario: Cuba sí puede y sí compra insumos médicos de origen estadounidense, aunque su sistema de distribución estatal y su falta de divisas agraven la escasez en hospitales y farmacias.
Maquinaria, energía y bienes industriales
A las importaciones de alimentos y medicinas se suman otras operaciones notables: en 2024, Cuba importó desde Estados Unidos vehículos usados, maquinaria agrícola, generadores eléctricos, aparatos domésticos y piezas industriales por más de 6,2 millones de dólares.
El Consejo Económico y Comercial Cuba–EE.UU. detalló que estas compras incluyeron grupos electrógenos, maquinaria para mezclar o triturar minerales, estufas y hornos eléctricos, además de vehículos motorizados.
Estas cifras son particularmente reveladoras, porque desmontan otro argumento recurrente de la propaganda oficial: que el embargo impide mantener la infraestructura eléctrica y de transporte.
Los datos muestran que el gobierno cubano ha podido adquirir equipos energéticos, repuestos y maquinaria industrial en el mercado estadounidense, lo que expone la ineficiencia interna del sistema estatal, no una imposición externa.
Autos antes que alimentos
La disparidad en las prioridades de gasto es aún más elocuente. En agosto de 2024, Cuba gastó 46 veces más en importar autos usados que en comprar alimentos, según datos del Departamento de Comercio de EE.UU.
Las Mipymes cubanas adquirieron vehículos por 8,68 millones de dólares, mientras las importaciones alimentarias apenas alcanzaron 176,000 dólares.
Estas operaciones se realizaron bajo licencias especiales del Departamento del Tesoro, que desde 2023 permiten la venta de vehículos, camiones y maquinaria agrícola a trabajadores privados, excluyendo a las empresas estatales.
El país que La Habana acusa de “bloquearla” autoriza, en realidad, un volumen creciente de comercio con su sector privado, al que el propio régimen restringe o grava con altos impuestos.
Los datos globales confirman que no se trata de un episodio aislado. Entre enero y julio de 2024, Cuba gastó 36 millones de dólares en la importación de vehículos desde EE.UU., cuatro veces más que en todo 2023.
Este incremento fue posible gracias a las flexibilizaciones del embargo aprobadas por la administración de Joe Biden, que calificó la venta de automóviles y maquinaria a emprendedores privados como una medida “humanitaria”.
En contraste, las importaciones de alimentos cayeron un 2,6 % en julio de ese año, una caída atribuida a políticas internas de control de precios que desincentivaron las compras. La escasez, lejos de provenir del embargo, responde a una estructura económica ineficiente y a la falta de incentivos productivos dentro de la isla.
La narrativa política y la realidad comercial
Mientras los noticieros de la televisión cubana describen una economía “asediada”, los datos del propio gobierno estadounidense muestran lo contrario:
- Cuba es el mercado número 46 para las exportaciones agrícolas y alimentarias de EE.UU.
- Solo en 2025, las exportaciones estadounidenses hacia Cuba han crecido más del 20 % interanual.
- Las donaciones humanitarias provenientes de EE.UU. —alimentos, medicinas y suministros— superaron los 36 millones de dólares en 2023, y continúan aumentando.
Ni el flujo comercial ni las licencias humanitarias encajan con la idea de un “bloqueo” total. Lo que existe es un embargo dirigido —una red de restricciones financieras y comerciales— diseñada para presionar al régimen, no al pueblo cubano, y que contiene múltiples excepciones precisamente para evitar un impacto humanitario.
Cuba sí puede comerciar con el mundo
Uno de los argumentos más endebles de la narrativa oficial es la idea de que el “bloqueo” estadounidense impide a Cuba comerciar con el resto del mundo. En realidad, ninguna ley del embargo prohíbe a terceros países comerciar libremente con la isla.
Las empresas rusas, chinas, europeas o latinoamericanas pueden —y de hecho lo han hecho durante décadas— venderle combustibles, alimentos, maquinaria o fármacos al régimen cubano.
El obstáculo no es político ni jurídico, sino económico: la falta de liquidez y la incapacidad de pago del propio Estado cubano.
China y Rusia mantienen desde hace años acuerdos de cooperación energética y tecnológica con Cuba, que incluyen inversiones en termoeléctricas, transporte, equipamiento hospitalario y tecnología médica. Sin embargo, muchos de esos proyectos han quedado a medio camino por impagos reiterados y falta de garantías crediticias.
Empresas europeas también han sufrido retrasos de años en los pagos, pese a los acuerdos de refinanciación alcanzados tras la condonación parcial de la deuda cubana en 2015.
De hecho, organismos internacionales como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) han reiterado que no existe prohibición alguna que impida a Cuba comprar o vender en el mercado global, siempre que cumpla con las normas bancarias y de pago internacionales.
El problema es que Cuba no paga, o paga tarde y mal.
Un país sin crédito: La otra causa del desabastecimiento
A la libertad formal de comercio se contrapone un hecho demoledor: Cuba es uno de los países con peor calificación crediticia del mundo.
Carece de acceso a los mercados internacionales de capital desde los años 80, cuando suspendió unilateralmente el pago de su deuda externa.
En 2015, el Club de París le condonó 8,000 millones de dólares de los 11,000 millones adeudados, a cambio de compromisos de pago anuales que el régimen volvió a incumplir en 2019. Desde entonces, sus atrasos superan los 3,000 millones de dólares solo con ese grupo de acreedores.
Rusia también ha perdonado deudas por más de 30,000 millones de dólares, y China mantiene discrecionalmente líneas de crédito blandas sujetas a intereses geopolíticos, no financieros.
Incluso aliados ideológicos como Venezuela o Argelia han reducido drásticamente su apoyo por la falta de retorno económico.
El resultado es que Cuba no puede acceder al crédito internacional, y por tanto debe pagar todo al contado, encareciendo cualquier importación. No hay bancos que financien sus compras porque el riesgo de impago es demasiado alto.
Por eso, aunque el régimen insista en hablar de “bloqueo financiero”, la verdad es que el aislamiento lo ha provocado su propio historial de morosidad.
Como reconoció un reciente informe del Observatorio Económico de América Latina (OBELA), “el problema central de la economía cubana no son las sanciones externas, sino su inviabilidad financiera estructural: baja productividad, deuda impagable y falta de transparencia fiscal”.
Conclusión: El relato contra los hechos
La evidencia empírica revela un patrón inequívoco: Estados Unidos no bloquea a Cuba; el Estado cubano bloquea a los cubanos.
Las leyes del embargo permiten —y regulan— un comercio que ha superado los 8,000 millones de dólares en dos décadas, abarcando alimentos, medicamentos, maquinaria, vehículos y donaciones.
Mientras tanto, el gobierno de Díaz-Canel sigue destinando millones a la importación de autos o proyectos turísticos, mientras hospitales carecen de antibióticos y los mercados están vacíos.
La propaganda del “bloqueo genocida” se mantiene como herramienta política para justificar una crisis interna estructural: baja productividad, corrupción, control estatal y ausencia de libertades económicas.
Como señaló Christopher Landau, “si de verdad existiera un bloqueo, ¿cómo llegan el petróleo mexicano, los turistas europeos y los autos estadounidenses?”.
Las cifras lo confirman: el cerco no es de Washington, sino del aparato económico de La Habana, que asfixia a su propio pueblo mientras exige comprensión internacional por un embargo que, en la práctica, no le impide comprar, sino rendir cuentas.
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