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Desde el 28 de octubre, cuando Miguel Díaz-Canel apareció en la televisión estatal para alertar sobre el huracán Melissa, el gobernante cubano no se ha quitado el uniforme verde olivo.
Un mes después, ya sin emergencia meteorológica, el también primer secretario del Partido Comunista sigue mostrándose ante las cámaras con la indumentaria militar que identifica al Consejo de Defensa Nacional (CDN), incluso en actos protocolares con delegaciones extranjeras.
Su más reciente aparición fue el 28 de noviembre, durante el recibimiento oficial al ministro de Cooperación Internacional del Congo, Denis Christel Sassou. En las fotos difundidas por Palacio, Díaz-Canel luce de verde olivo, mientras su interlocutor viste un elegante traje azul.
La escena resaltó por una disonancia evidente: el jefe de Estado cubano aparece como comandante, no como gobernante civil.
Un uniforme que pesa más que un símbolo
En Cuba, el verde olivo no es solo un color: es el emblema histórico del poder revolucionario y militar. Desde 1959, ha sido el uniforme de Fidel y Raúl Castro, de los comandantes históricos y del aparato de defensa que sostiene al régimen. Que Díaz-Canel lo use de forma continua, incluso tras el paso del huracán Melissa, resulta inusual y políticamente significativo.
Según fuentes oficiales, el país ya no se encuentra en fase de alarma. La Defensa Civil levantó las medidas especiales en las provincias orientales a inicios de noviembre. No hay justificación técnica ni institucional para que el presidente mantenga el uniforme. Pero sí podría haber motivos políticos.
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El primero podría tener que ver con el regreso visible de Raúl Castro al centro del poder. El 16 de octubre, apenas dos semanas antes del paso de Melissa, el general de Ejército, de 94 años, presidió una sesión del Consejo de Defensa Nacional en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR).
En la nota oficial, Raúl fue descrito como “jefe al frente de la Revolución”, con Díaz-Canel sentado a su derecha. La fórmula no es casual: reafirma que el poder real sigue en manos del veterano militar, pese a su supuesto retiro en 2021.
La foto de aquel encuentro marcó un punto de inflexión en la simbólica indumentaria del líder de la “continuidad”. Desde el 28 de octubre, el gobernante designado no ha vuelto a aparecer con ropa civil en actos públicos. Su cambio de imagen parece una respuesta alegórica a esa demostración de autoridad: vestirse como Raúl e intentar proyectar el mando que no tiene.
Emergencia sanitaria no declarada
Otro elemento que podría explicar el gesto es la crisis sanitaria que el régimen evita reconocer.
Este 1 de diciembre, el ministerio de Salud Pública confirmó 33 muertes por dengue y chikungunya, la mayoría de menores de edad. La viceministra Carilda Peña admitió que casi todo el país se encuentra “en zona de epidemia”, aunque el gobierno insiste en que la situación está “bajo control”.
En la práctica, la isla vive un colapso sanitario: hospitales desbordados, falta de medicamentos, y fumigaciones suspendidas por falta de insecticidas.
En ese contexto, el uniforme militar de Díaz-Canel funciona como una puesta en escena de autoridad y disciplina, una manera de mostrar al país que el Estado “mantiene el control” frente a una emergencia que no puede admitir públicamente.
El miedo a una tormenta geopolítica
A la crisis interna se suma un frente externo más inquietante: la creciente presión militar de Estados Unidos en el Caribe.
Washington desarrolla ejercicios navales con el objetivo declarado de neutralizar al Cártel de los Soles, pero en La Habana y Caracas son interpretados como la antesala de una acción directa contra Venezuela.
El régimen cubano teme que una caída de Nicolás Maduro provoque un efecto dominó en la isla.
Según expertos citados por la agencia EFE, La Habana recibe actualmente unos 32,000 barriles diarios de petróleo venezolano, cerca del 25% de sus necesidades energéticas. Perder ese suministro significaría apagones aún más prolongados, inflación disparada y un golpe directo a la estructura económica del conglomerado militar GAESA.
Esa preocupación quedó reflejada en recientes declaraciones del canciller Bruno Rodríguez Parrilla, quien calificó las maniobras estadounidenses como una “locura guerrerista”. Pero, en los hechos, la tensión ha puesto a Cuba en modo de defensa preventiva.
La insistencia de Díaz-Canel en mostrarse de uniforme militar podría interpretarse como un intento de proyectar fortaleza ante un escenario de amenaza externa real o percibida.
El contexto internacional: Aislamiento y vulnerabilidad
La situación de La Habana es más frágil que nunca. Según un análisis reciente, Cuba ha perdido su “escudo global”: ni Rusia, ni Irán, ni China ni la Unión Europea están dispuestos a sostener al régimen como lo hicieron en décadas anteriores.
Moscú prioriza su guerra en Ucrania; Pekín ha optado por el pragmatismo económico; Teherán se repliega tras los ataques de EE. UU. e Israel; y Bruselas mantiene distancia ante las violaciones de derechos humanos en la isla.
Sin aliados sólidos y con la economía al borde del colapso, el castrismo enfrenta un panorama sin red. La eventual caída del chavismo venezolano podría ser el golpe final. En ese escenario, el discurso antiimperialista de Díaz-Canel suena a eco de otro tiempo, y el uniforme verde olivo busca mantener viva una narrativa militar que ya no encuentra respaldo internacional.
El mensaje de Raúl Castro y el poder detrás del poder
El regreso público de Raúl Castro al MINFAR, su presentación como “jefe al frente de la Revolución” y la presencia visible de su nieto, el coronel Raúl Guillermo Rodríguez “El Cangrejo”, revelan que el control militar sigue intacto.
Raúl no ha soltado el mando del ejército ni de GAESA, el conglomerado económico más poderoso del país.
En ese marco, Díaz-Canel parece actuar más como figura delegada del poder castrense que como jefe de Estado autónomo. Su prolongado uso del uniforme puede ser leído también como un acto de subordinación: el intento de alinearse visualmente con la élite militar que realmente dirige el país.
Una presidencia en modo defensa
Mientras tanto, en las calles, el pueblo enfrenta apagones, hambre, epidemias y una emigración masiva sin precedentes. La población percibe que el régimen responde a las crisis no con transparencia ni soluciones, sino con gestos de autoridad y propaganda.
El uniforme de Díaz-Canel sintetiza esa paradoja: pretende transmitir seguridad, pero proyecta miedo; busca mostrar liderazgo, pero confirma dependencia.
En un país sin emergencias oficialmente declaradas, el gobernante viste como si estuviera en guerra. Quizás porque, en cierto modo, lo está: no contra un ciclón ni una invasión, sino contra el desgaste interno y el derrumbe político de un sistema que ya no logra sostener su propio relato.
En definitiva, su uniforme verde olivo no es una elección estética, sino un síntoma político: el reflejo visible de un régimen atrincherado, que se niega a admitir su fragilidad mientras se prepara, en silencio, para sobrevivir a la tormenta que viene.
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