Washington empieza a hablar del “día después” de GAESA. ¿Qué significa “devolver los recursos al pueblo cubano”?

La frase utilizada por Jeremy Lewin, asesor de Marco Rubio, introduce un concepto inédito en la presión de Washington sobre La Habana: no solo sancionar a GAESA, sino plantear la eventual recuperación y restitución de activos vinculados al conglomerado militar en un escenario de transición.



Marco Rubio en la embajada de EE. UU. en China © Flickr / U.S. Department of State
Marco Rubio en la embajada de EE. UU. en China Foto © Flickr / U.S. Department of State

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La frase fue breve, pero difícilmente casual.

Cuando Jeremy P. Lewin, subsecretario interino de Estado y uno de los principales asesores de Marco Rubio, afirmó que “el régimen debe devolver estos recursos al pueblo cubano”, no estaba utilizando únicamente un recurso retórico contra el régimen de La Habana.

La declaración introduce un concepto mucho más delicado: la posibilidad de que Estados Unidos y sus aliados comiencen a hablar no solo de sancionar a GAESA, sino de recuperar y eventualmente redistribuir activos vinculados al conglomerado militar cubano.

Ese matiz cambia el alcance político del debate.

Durante años, Washington presentó las sanciones contra GAESA como una herramienta de presión económica contra el aparato militar que controla buena parte de la economía cubana.

Sin embargo, las nuevas medidas anunciadas al amparo de la Orden Ejecutiva 14404 parecen ir más allá: apuntan explícitamente a activos en el exterior, cuentas bancarias internacionales y entidades financieras extranjeras vinculadas al conglomerado.

La diferencia es enorme. No se trata simplemente de restringir negocios futuros, sino de poner bajo escrutinio el patrimonio acumulado durante décadas.

Y ahí aparece la gran pregunta: ¿qué significa exactamente “devolver los recursos al pueblo cubano”?

La frase admite varias interpretaciones. La más superficial sería entenderla como una consigna política destinada a denunciar el contraste entre la crisis económica de la isla y la riqueza acumulada por la élite militar.

Pero existe otra lectura mucho más profunda: que Washington estaría comenzando a construir una narrativa de restitución patrimonial asociada a un eventual escenario de transición en Cuba.

Ese tipo de lenguaje no suele aparecer por casualidad en la diplomacia estadounidense.

En derecho internacional existe una diferencia sustancial entre sancionar, congelar, decomisar y restituir activos.

Las sanciones buscan castigar o presionar. El congelamiento impide el movimiento de fondos. El decomiso implica transferencia de control jurídico. Pero la restitución introduce un elemento político distinto: la idea de que esos recursos pertenecen legítimamente a una población y no a la estructura que los administra.

Eso es precisamente lo que parece insinuar Lewin cuando habla de “devolver” recursos al pueblo cubano.

La formulación recuerda procesos vistos en otras transiciones políticas contemporáneas. Tras la caída de Muamar Gadafi en Libia, la comunidad internacional congeló decenas de miles de millones de dólares vinculados al régimen.

En Irak, después de Saddam Hussein, parte de los activos recuperados se utilizaron para sostener estructuras administrativas y programas de reconstrucción bajo supervisión internacional.

En Europa del Este, tras el colapso del bloque soviético, numerosos gobiernos impulsaron procesos —a menudo incompletos— de recuperación de bienes y patrimonios asociados a las élites comunistas.

La diferencia fundamental es que Cuba no se encuentra oficialmente en una etapa postransición. El régimen sigue en el poder. Precisamente por eso la declaración de Lewin resulta tan significativa: introduce un discurso típicamente asociado al “día después” mientras el sistema político aún permanece intacto.

Washington parece estar enviando varios mensajes simultáneos.

Uno va dirigido a la cúpula militar cubana: los activos externos de GAESA ya no son percibidos simplemente como patrimonio estatal ordinario, sino como recursos posiblemente obtenidos mediante una estructura opaca y concentrados fuera del alcance de la población.

Otro mensaje apunta a bancos, navieras y empresas extranjeras. Las sanciones secundarias anunciadas por la administración Trump buscan aumentar el costo de mantener relaciones financieras con el conglomerado militar cubano.

El objetivo no parece limitarse a asfixiar económicamente a GAESA, sino también a mapear y aislar su red financiera internacional.

Pero existe un tercer mensaje, probablemente el más importante: la Casa Blanca podría estar comenzando a pensar públicamente en la arquitectura financiera de una futura transición cubana.

Esa hipótesis explicaría por qué la narrativa ya no se concentra únicamente en presionar y castigar, sino en recuperar y eventualmente redistribuir.

En ese escenario, los activos internacionales de GAESA podrían convertirse en objeto de litigios, congelamientos o mecanismos internacionales de administración fiduciaria.

No sería un proceso sencillo. La experiencia internacional demuestra que recuperar fortunas vinculadas a regímenes autoritarios puede tardar años e involucrar complejas batallas judiciales en múltiples jurisdicciones.

Además, surgiría una pregunta todavía más delicada: ¿quién decidiría qué significa realmente “el pueblo cubano”?

¿Un futuro gobierno de transición? ¿Un mecanismo internacional supervisado por organismos multilaterales? ¿Estados Unidos y sus aliados? ¿Instituciones cubanas reorganizadas tras un eventual cambio político?

La historia demuestra que recuperar activos es mucho más fácil que administrarlos legítimamente después.

También existiría el problema de la estabilidad interna. Muchos procesos de transición contemporáneos incluyeron fórmulas de negociación con sectores militares o burocráticos para evitar colapsos violentos. En varios países, fondos estatales o activos recuperados terminaron utilizándose para financiar retiros, desmovilizaciones, reformas policiales y reconstrucción institucional.

Eso abre otro debate aún más complejo: si algún día los activos de GAESA fueran efectivamente recuperados, ¿podrían utilizarse para financiar nuevas instituciones cubanas, indemnizaciones a víctimas de la represión o incluso programas de retiro para sectores del aparato estatal no vinculados directamente a violaciones graves de derechos humanos?

Por ahora, nada de eso ha sido planteado oficialmente. Pero la frase de Lewin introduce por primera vez, de manera explícita, una idea que hasta hace poco parecía impensable: que el dinero acumulado por el conglomerado militar cubano podría convertirse algún día en el centro de una discusión internacional sobre restitución, transición y reconstrucción nacional.

La verdadera importancia de la declaración quizá no esté únicamente en las sanciones anunciadas esta semana, sino en lo que parecen anticipar políticamente: que Washington empieza a hablar, cada vez menos discretamente, del “día después” de GAESA.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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