
Durante meses, el discurso oficial del régimen cubano sobre Donald Trump fue inequívoco.
El presidente estadounidense era presentado como la expresión del fascismo contemporáneo, un dirigente comparable con Adolf Hitler, responsable de una política "criminal" contra Cuba y decidido a provocar el colapso del país.
Hoy, ese mismo régimen asegura que no tendría inconveniente en hacer negocios con él. No se trata de una interpretación. Es la hemeroteca.
En enero de 2025, el viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, comparó públicamente la doctrina de Donald Trump con la de Hitler.
Meses después, en mayo de 2026, el diplomático calificó de "criminal" a la administración estadounidense por la presión ejercida sobre La Habana.
En esas mismas semanas, Miguel Díaz-Canel describía a la administración Trump como "fascista", mientras otros portavoces del régimen hablaban de agresión, guerra económica y políticas genocidas.
Ese era el lenguaje oficial.
Sin embargo, este jueves, en una entrevista concedida al New York Times, el mismo Carlos Fernández de Cossío respondió de forma muy distinta cuando fue preguntado por la posibilidad de que Donald Trump o su organización hicieran negocios en Cuba.
"Si él quiere hacerlo de manera pacífica, no vemos ninguna razón específica para excluirlo", afirmó.
Y fue todavía más lejos: "Lo que le prohíbe a Donald Trump invertir en Cuba son las leyes estadounidenses. No lo excluimos a él ni a su organización de hacer negocios en Cuba, si lo hace respetando las leyes cubanas".
La contradicción es difícil de pasar por alto.
Trump no ha modificado su política hacia Cuba. La presión de Washington continúa. Las sanciones siguen siendo el principal instrumento de la estrategia estadounidense y el propio régimen mantiene que atraviesa el momento de mayor hostilidad bilateral en décadas.
Lo que parece haber cambiado es la lectura que hace La Habana del escenario.
La economía cubana atraviesa una situación crítica y el régimen necesita desesperadamente inversión extranjera. Pero hay algo más.
En los últimos meses han aparecido señales que apuntan a un intento de abrir espacios de interlocución con la administración Trump.
Han trascendido reportes sobre supuestos intentos de establecer contactos directos con el presidente estadounidense al margen de los canales diplomáticos tradicionales.
Un empresario de Emiratos Árabes Unidos propuso un proyecto turístico en Cayo Santa María que aspiraba a atraer a la Trump Organization bajo el nombre provisional de "Trump Island".
Y, cuando el New York Times preguntó por esa posibilidad, la respuesta del vicecanciller ya no fue una condena ideológica, sino una invitación a los negocios.
Ninguno de esos hechos demuestra, por sí solo, la existencia de una estrategia coordinada. Pero sí invitan a preguntarse si el régimen está ensayando una nueva táctica.
La experiencia venezolana probablemente no pase desapercibida en La Habana.
Pese a la enorme presión ejercida por Washington, el chavismo ha conseguido mantenerse en el poder mientras el proceso de transición sigue abierto y sujeto a múltiples incertidumbres. Ganar tiempo también puede ser una forma de "resistencia creativa".
En ese contexto, ofrecer oportunidades de inversión, enviar señales de pragmatismo económico o rebajar el tono hacia Donald Trump podrían responder menos a una convicción que a un cálculo político: abrir canales de comunicación, explorar posibles vías de negociación y, sobre todo, ganar margen de maniobra en un momento especialmente delicado para el régimen.
Puede que sea así. Puede que no. Lo que sí está documentado es el cambio de discurso.
Hace apenas unos meses, Trump era presentado por altos dirigentes cubanos como un líder comparable con Hitler, al frente de una administración "fascista" y "criminal".
Hoy, el mismo alto funcionario que formuló algunas de esas acusaciones sostiene que no existe ninguna razón para impedir que el presidente estadounidense haga negocios en Cuba.
No ha cambiado Trump. Lo que ha cambiado es la forma en que el régimen habla de él.
Y cuando un régimen modifica de manera tan abrupta el lenguaje con el que describe a su principal adversario, normalmente merece la pena preguntarse por qué.
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