Miguel Díaz-Canel proporcionó este domingo argumentos públicos para una de las tesis centrales del reciente informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre Cuba.
El documento, titulado «Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI», sostiene que el régimen de La Habana no limita su proyecto político a las fronteras de la isla, sino que busca activamente proyectar su ideología e influencia a través de movimientos y organizaciones de izquierda en otros países.
En su discurso ante representantes de partidos comunistas y obreros reunidos en La Habana, Díaz-Canel no se limitó a pedir solidaridad con Cuba. Hizo un llamamiento explícito a profundizar la coordinación internacional y convertirla en acciones políticas concretas.
«El momento exige algo más que declaraciones de principios. Exige un salto cualitativo en nuestra articulación y coordinación internacional», afirmó.
Según el gobernante, los partidos comunistas y obreros tienen el «deber histórico» de «tejer una red de solidaridad efectiva» que no se limite a comunicados, sino que se traduzca en «acciones concretas».
¿En qué acciones? El propio Díaz-Canel las enumeró.
Pidió utilizar las plataformas digitales para «romper el cerco mediático», movilizar «parlamentos, sindicatos y movimientos sociales» en respaldo al régimen cubano y fortalecer mecanismos de cooperación entre países y organizaciones.
También convocó a «construir poder popular en las bases» y a «ganar las calles, los barrios, las fábricas, las escuelas».
«La unidad no es uniformidad, la unidad es la voluntad de luchar y de vencer juntos”, proclamó.
Organizar, politizar y movilizar
Díaz-Canel fue todavía más explícito al definir el papel que, a su juicio, deben asumir los partidos comunistas y obreros en otros países.
Afirmó que están llamados a desempeñar un «papel de vanguardia», no solamente en el ámbito electoral o institucional, sino «sobre todo» en la «organización, politización y movilización de la clase trabajadora».
El gobernante pidió además «fortalecer la unidad del movimiento comunista internacional» frente a lo que calificó como un «enemigo común: el imperialismo, el fascismo y el capital monopolista».
Y añadió otro objetivo particularmente significativo: «Profundizar el trabajo político e ideológico, disputar la hegemonía cultural y enfrentar la maquinaria de desinformación que pretende presentar al capitalismo como el único horizonte posible».
No se trata, por tanto, únicamente de solidaridad internacional con Cuba.
El jefe del régimen está planteando abiertamente una estrategia de coordinación entre fuerzas comunistas para organizar y movilizar sectores sociales, intervenir en la batalla cultural y comunicacional y ejercer influencia sobre sindicatos, movimientos y parlamentos de diferentes países.
El informe de Washington
Las declaraciones adquieren especial relevancia apenas semanas después de que el Departamento de Estado publicara el informe «Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI», un documento de unas 100 páginas que presenta al régimen cubano como un actor que durante décadas ha desarrollado redes de espionaje, propaganda, infiltración e influencia política más allá de sus fronteras.
El informe sostiene que La Habana desempeñó durante décadas un papel importante en movimientos revolucionarios y de extrema izquierda del hemisferio occidental y dedica especial atención a la influencia cubana dentro de Estados Unidos.
Washington afirma que esa estrategia evolucionó con el tiempo desde el apoyo a movimientos revolucionarios y organizaciones militantes hacia redes políticas, ideológicas y sociales adaptadas a las democracias occidentales.
El secretario de Estado Marco Rubio resumió esa tesis al acusar al régimen cubano de haber construido una «red de inteligencia e ideología» vinculada históricamente a movimientos radicales dentro y fuera de Estados Unidos.
El informe ha recibido también críticas. Organizaciones estadounidenses de izquierda mencionadas en el documento han rechazado las acusaciones y sostienen que sus posiciones políticas son propias y no responden a instrucciones del gobierno cubano.
Por su parte, analistas han cuestionado igualmente que Washington mezcle vínculos ideológicos, solidaridad política e influencia cubana con acusaciones mucho más graves de infiltración o subversión.
El discurso de Díaz-Canel no demuestra por sí mismo esas últimas acusaciones.
Pero sí confirma algo difícil de negar: La Habana considera la organización y coordinación de fuerzas comunistas extranjeras parte de su propia estrategia política internacional.
La contradicción con la «guerra psicológica”
Hay además una contradicción particularmente llamativa.
En el mismo discurso, Díaz-Canel acusó a Estados Unidos de desarrollar una «guerra psicológica contra Cuba» mediante «subversión digital», «campañas de descrédito mediático» y «redes de influencia».
Sin embargo, poco después pidió a sus aliados internacionales precisamente ampliar su coordinación, utilizar plataformas digitales, movilizar sindicatos y movimientos sociales, actuar sobre parlamentos y disputar la «hegemonía cultural».
El régimen denuncia como injerencia y subversión las acciones externas destinadas a influir sobre Cuba, mientras reivindica como solidaridad internacional la organización de fuerzas políticas extranjeras para defender sus posiciones e impulsar una agenda ideológica común.
Esa doble vara resulta todavía más evidente cuando Díaz-Canel pide que la coordinación comunista internacional vaya más allá de las declaraciones y se transforme en «acciones concretas».
De La Habana hacia el mundo
Durante décadas, el régimen cubano ha presentado las acusaciones sobre su influencia internacional como propaganda estadounidense destinada a justificar una política hostil contra la isla.
Pero esta vez no es Washington quien describe lo que deberían hacer los movimientos comunistas internacionales. Es el propio Díaz-Canel.
«Coordinar las acciones», «tejer una red», «movilizar» sindicatos y movimientos sociales, «ganar las calles», «organizar», «politizar», «disputar la hegemonía cultural» y fortalecer «la unidad del movimiento comunista internacional» son expresiones pronunciadas públicamente por el gobernante cubano.
Eso no demuestra que cada organización izquierdista extranjera responda a La Habana, pero hace mucho más difícil sostener que la proyección ideológica internacional del régimen cubano sea simplemente una invención de Washington.
Díaz-Canel acaba de describirla desde La Habana y, lejos de ocultarla, ha pedido profundizarla, coordinarla y convertirla en acción.
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