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Lis Cuesta Peraza, esposa del gobernante Miguel Díaz-Canel, volvió a ocupar titulares durante la tercera escala de la gira asiática del mandatario, esta vez en Laos.
La llamada “no primera dama” publicó en su cuenta de X que el respeto a la religiosidad y tradición cultural del país la había “conmovido profundamente”, mensaje que acompañó con la referencia a la Virgen de Regla, patrona de la bahía habanera.
El tono solemne de su post contrastó con la realidad de la isla que dejó atrás. Cuba atraviesa una de las peores crisis en décadas, con apagones de más de 20 horas, hospitales desabastecidos, escasez aguda de agua, alimentos y medicamentos, y un éxodo sin precedentes.
En este escenario, la presencia de Cuesta en cada viaje oficial se ha convertido en símbolo de un gasto injustificable para un erario nacional ya exhausto.
A diferencia de otras primeras damas del mundo, Cuesta Peraza no ocupa cargo oficial alguno, ni tiene funciones constitucionales. Pese a ello, aparece en casi todas las giras presidenciales, participa en actos protocolares y culturales, y genera a su alrededor un dispositivo de transporte, seguridad y hospedaje cuyo costo nunca ha sido transparentado por el gobierno.
La comitiva que viaja en un avión arrendado a la aerolínea Plus Ultra, a un costo estimado de más de 11 mil dólares por hora de vuelo, incluye inevitablemente a Cuesta Peraza. Cada desplazamiento suyo, entonces, no solo implica un asiento más en la aeronave, sino también expendios en dietas, alojamiento en hoteles de lujo, gastos de imagen y atención logística, todo financiado con fondos públicos.
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Mientras tanto, los cubanos de a pie deben conformarse con exhortaciones a “resistir y sacrificarse”, pronunciadas por la misma élite que se pasea entre templos budistas, recepciones diplomáticas y vitrinas de moda internacional.
La conmoción espiritual que Cuesta Peraza dijo sentir en Laos contrasta con la indignación terrenal de millones de cubanos que observan cómo, una y otra vez, sus recursos se dilapidan en viajes sin sentido para una figura que nadie eligió, que no representa a la nación y que solo encarna el privilegio de pertenecer al círculo íntimo del poder.
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