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Mientras Cuba se hunde en la oscuridad por falta de combustible, el régimen envía a sus funcionarios a Canadá para vender una postal de estabilidad turística.
El contraste no puede ser más brutal: mientras millones de cubanos sufren apagones diarios de más de 12 horas, el ministerio de Turismo (MINTUR) asegura en el extranjero que “todo sigue igual” en la isla.
Encabezada por Lessner Gómez, director de marketing del MINTUR, una delegación oficial viajó a Toronto y Montreal para tranquilizar a turoperadores y agencias canadienses tras las advertencias del presidente Donald Trump de cortar el suministro de petróleo venezolano a La Habana, informó Reportur.
“Cuba está operando con normalidad. Todo sigue igual”, insistió Gómez, quien aseguró que el país recibe crudo de “otros socios, como México”, y que dispone de reservas suficientes para cubrir el verano.
Sin embargo, las declaraciones contrastan con la realidad que reconocen las propias autoridades cubanas.
El ministerio de Energía y Minas admitió que “no hay diésel para la generación distribuida”, lo que ha dejado sin servicio a más de cien centrales eléctricas y mantiene un déficit superior a los 1,900 megawatts en el horario pico.
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La situación escala y se agrava. Este domingo, La Habana permaneció completamente a oscuras durante más de seis horas, mientras los hoteles turísticos, con plantas propias y combustible garantizado por GAESA, seguían iluminados.
El discurso oficial busca calmar a los inversores y turistas canadienses, responsables del 40 % de las llegadas a Cuba, pero encubre un país al borde del colapso energético. Detrás de la propaganda está GAESA, el conglomerado militar que controla las cadenas hoteleras, las divisas y los flujos del turismo extranjero.
Un país a oscuras mientras el turismo brilla
Los apagones en Cuba no son solo una molestia doméstica; son el reflejo de un colapso estructural que ha dejado a un país entero dependiendo de la suerte y de las promesas vacías del gobierno.
La falta de electricidad paraliza centros de trabajo, escuelas y hospitales, impide conservar alimentos, interrumpe las comunicaciones y multiplica los focos de insalubridad. En muchos barrios, las noches son interminables y silenciosas, marcadas por el calor, los mosquitos y el miedo a la delincuencia.
Mientras el régimen destina combustible y recursos a mantener encendidos los hoteles de Varadero y Cayo Coco —controlados por el conglomerado militar GAESA—, millones de cubanos viven entre velas y baterías agotadas.
El contraste es obsceno: el país real está en penumbra, pero las zonas turísticas permanecen iluminadas como escaparates, sostenidas por generadores y privilegios energéticos que el resto de la población no puede soñar.
Este desequilibrio no solo alimenta el resentimiento popular, sino que también erosiona la imagen de Cuba ante los propios visitantes.
Los turistas que se aventuran fuera de los complejos hoteleros se topan con calles oscuras, basura acumulada, transporte colapsado y un ambiente de agotamiento general. Desde los ventanales de sus hoteles iluminados, el contraste es todavía más lacerante.
Muchos regresan con una percepción de inseguridad, desigualdad oprobiosa y decadencia, muy lejos del paraíso tropical que el MINTUR intenta vender en el extranjero.
En una nación donde la energía eléctrica ha pasado de ser un servicio público a un lujo selectivo, los apagones se han convertido en una metáfora de poder: los que mandan tienen luz; los que resisten, oscuridad.
El régimen lo llama “resistencia creativa”. El pueblo lo vive como una condena diaria al atraso y a la desesperanza, mientras los dólares del turismo iluminan los hoteles de GAESA y las sombras cubren el resto del país.
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