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El reciente texto difundido por el sitio oficialista Razones de Cuba, bajo el título “Los cubanos no se rinden Míster Trump”, volvió a insistir en la "valentía y el heroísmo" que el régimen exalta habitualmente en su propaganda.
No se trata de un hecho aislado, sino de la expresión más acabada de un tipo de discurso político que ha marcado durante décadas la comunicación del régimen: épico, emocional y construido alrededor de la idea de resistencia permanente frente a un enemigo externo.
El problema no está en la trasnochada jerga de los rapsodas de la Seguridad del Estado, sino en su capacidad —cada vez más limitada— para describir la realidad del país. Y ahí es donde el caso venezolano le ofrece un espejo incómodo a Humberto Dionil López Suárez y sus amos de la Contrainteligencia.
Una narrativa conocida
El texto oficialista articula una vez más el relato clásico de la dictadura: un pueblo heroico, una historia de sacrificios y victorias, y una amenaza externa que refuerza la identidad nacional.
La apelación a episodios como Playa Girón, la Crisis de Octubre o las misiones militares en África no busca contextualizar, sino construir una continuidad simbólica del castrismo: la de un país que nunca se rinde.
Ese mismo esquema fue utilizado durante años por el chavismo en Venezuela. Frente a sanciones, crisis económicas y aislamiento internacional, el discurso oficial insistía en la resistencia, la soberanía y la confrontación con Estados Unidos como eje movilizador.
Durante un tiempo, pareció funcionar. Hasta que la realidad, o sea, el hartazgo de la población frente a los abusadores y corruptos tocó fondo.
El límite de la épica
En Venezuela, esa narrativa comenzó a resquebrajarse cuando la vida cotidiana dejó de sostenerla. La escasez, la inflación descontrolada y la emigración masiva terminaron imponiendo una realidad que el discurso propagandístico aprendido en La Habana no podía explicar ni resolver.
La retórica de la resistencia siguió, pero cada vez con menos capacidad de movilización real. Quedó, en gran medida, como una pantomima de reafirmación interna más que como una herramienta efectiva de cohesión social.
“¡Fusiles y misiles para la fuerza campesina! Para defender el territorio, la soberanía y la paz de Venezuela. ¡Misiles y fusiles para la clase obrera, para que defienda nuestra patria!”, decía Nicolás Maduro a finales de agosto de 2025, cuando comenzaba el despliegue militar estadounidense en el Caribe y desde Washington se le acusaba de liderar un “cartel narcoterrorista”.
El gobernante chavista y su cúpula hablaban de desplegar 4.5 millones de milicianos para responder a lo que calificaban como “amenazas extravagantes” de Estados Unidos, asegurando que estaban “preparados, activados y armados”
El desenlace del 3 de enero de 2026, con la captura de Maduro tras una operación militar estadounidense, terminó de evidenciar esa brecha: el relato épico no se tradujo en capacidad real de sostener el poder frente a un escenario de presión extrema.
El paralelismo cubano
En Cuba, el discurso sigue una lógica similar. El texto de Razones de Cuba insiste en que la presión externa solo generará más resistencia.
Sin embargo, evita torticeramente cualquier referencia a factores internos que hoy definen la experiencia cotidiana de los cubanos: apagones prolongados, escasez estructural, deterioro de servicios básicos y una emigración sin precedentes.
El país real no es el de la épica, sino el de la supervivencia diaria.
Ahí radica la principal debilidad del discurso: presenta una sociedad homogénea, cohesionada y dispuesta al sacrificio, cuando en la práctica predomina el cansancio, la incertidumbre y, en muchos casos, la desesperación y el deseo de salida.
Más relato que diagnóstico
Otro elemento clave es el uso del episodio del 3 de enero en Venezuela como prueba del carácter “irreductible” de los cubanos.
Más allá de las versiones y cifras, el texto lo eleva a símbolo, reforzando la idea de que incluso en condiciones extremas la respuesta será siempre la misma: resistir.
"Sabíamos que se comportarían como titanes hasta en su última batalla. Ofrecieron sus vidas en una fiera batalla", decía Díaz-Canel a mediados de enero exaltando su "heroísmo" desde la Tribuna Antiimperialista.
Sin embargo, ese tipo de construcción narrativa suele operar más como mito que como diagnóstico. Simplifica escenarios complejos y los pretende convertir en ejemplos morales, pero no aporta herramientas para entender los desafíos reales.
Un discurso en tensión
La insistencia en este tipo de narrativa revela, más que fortaleza, una tensión creciente. Cuando un discurso necesita apoyarse constantemente en la historia para explicarse, suele ser porque el presente resulta más difícil de justificar.
El paralelismo con Venezuela no es exacto, pero sí ilustrativo: allí, la épica perdió eficacia cuando dejó de conectar con la experiencia concreta de la población. En Cuba, ese proceso parece avanzar en la misma dirección.
El problema, en definitiva, no es la apelación a la resistencia, sino su desconexión con un país que ha cambiado. Porque cuando la realidad deja de caber en el relato, el relato deja de convencer.
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