Cómo desbloquear el dominó

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La desesperación en Cuba por una gota de petróleo llevó a muchos —incluso dentro del propio Gobierno— a fantasear con que el buque ruso Sea Horse, con 200,000 barriles de diesel en sus gigantescos tanques, desafiaría el bloqueo naval de Estados Unidos y que Putin se lo jugaría todo por sus viejos camaradas del Caribe.

Por algún lugar del Atlántico navega ahora otro supertanquero ruso hacia un destino que podría ser Cuba. La realidad es que nadie sabe qué rumbo tomará. Hoy, lo que menos preocupa al Kremlin es ese remoto y problemático territorio que los soviéticos idealizaban como “La Isla de la Libertad”. Tiene entre manos Ucrania, el conflicto iraní y un sustancioso waiver arrancado a la Casa Blanca para vender crudo en un mercado global enloquecido. Cuba no entra en esa ecuación.

La Habana, por su parte, parece haber olvidado lecciones históricas fundamentales. En octubre de 1962, los cargueros y submarinos de la URSS nunca traspasaron la cuarentena impuesta por los destructores de Kennedy a 500 millas de las costas de Cuba; dieron media vuelta en el Atlántico de regreso a la Madrecita Rusia. Este viernes 20 de marzo se supo que el Sea Horse con combustible de emergencia para las termoeléctricas cubanas también había cambiado de rumbo. Putin hizo lo mismo que Jrushchov, a quien los cubanos reclamaban en los sesenta: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”.

Fuera de la ecuación el diésel ruso, la hora cero se acerca vertiginosamente, mientras Cuba y Estados Unidos parecen más distantes que nunca. Si acaso comparten algo es la FRUSTRACIÓN, así, en mayúsculas.

Hace apenas unas semanas, el ambiente parecía propicio para algún tipo de arreglo inicial. Miguel Díaz-Canel admitió finalmente las negociaciones del entorno de Raúl Castro con la Casa Blanca —aclarando que él también participaba—, mientras Marco Rubio adelantaba la posibilidad de un cambio gradual en Cuba.

En paralelo, La Habana dio luz verde a mipymes para la importación de gasolina desde Florida y Texas vía proveedores con licencias del Departamento del Tesoro: un escenario impensable apenas un mes atrás que, aunque de impacto económico limitado, rompe el monopolio estatal sobre el control del combustible.

Pero durante las crisis los márgenes de negociación pueden variar drásticamente. En cuestión de horas, el escenario cambió. El Secretario de Estado calificó de insuficientes un grupo de medidas anunciadas por el gobierno cubano para inyectar capital del exilio a su moribunda economía. La Habana respondió reafirmando la inamovilidad del liderazgo —de Castro a Díaz-Canel— y rechazó como “desvergonzada” una petición de la Embajada de Estados Unidos de importar diésel para sus plantas eléctricas, mientras mantiene un bloqueo petrolero total sobre la isla. Las palabras guerra y resistencia saltaron de las redes sociales a la prensa tradicional y de ahí al discurso oficial.

Descartadas por lo pronto una acción cinética o una operación de extracción del liderazgo al estilo Maduro —según el Comando Sur—, la Casa Blanca no parece contar con una mano ganadora. La asfixia energética como arma de presión sólo puede conducir a una catástrofe humanitaria cuyas consecuencias terminarían siendo atribuidas a Estados Unidos, más allá de la responsabilidad del régimen cubano en la crisis actual.

Para La Habana, los escenarios son igualmente ominosos: estallido social, violencia callejera, crisis humanitaria, colapso del sistema, muerte.

Ayer le pregunté a un empresario europeo recién llegado de Cuba cuánto tiempo quedaba antes de que hospitales y plantas de bombeo de agua entraran en estado crítico por falta de combustible. “Nada, ya no hay tiempo”, me dijo. “El petróleo se acabó”.

Mientras, las protestas nocturnas se multiplican a lo largo del país. Gente hambrienta deambula entre la desesperación y la desesperanza por avenidas desiertas. Miles esperan por cirugías y los médicos no cuentan con transporte para llegar a los hospitales. He escuchado historias escalofriantes de personas que “roban agua” a otras.

Se trancó el dominó: en buen cubano, una situación sin salida, el final del juego.

Pero incluso en el dominó hay margen de maniobra. Cuando un jugador experimentado puede trancar la partida, pero hacerlo implica el riesgo de perder, suele optar por mantener el juego abierto en busca de mejores opciones.

Fuera Rusia y Venezuela de la mesa, quedan sólo dos contendientes: la Administración Trump y el gobierno cubano.

El primero podría salirse del molde y apostar en grande. A diferencia de Barack Obama, Donald Trump aún cuenta con capital político para poner sobre la mesa un desmontaje efectivo de las sanciones que conduzca al levantamiento del embargo. De forma crucial, podría lograr apoyo bipartidista en el Congreso, incluyendo la aceptación a regañadientes de los tres congresistas de Miami, y emerger como el estadista que resolvió el último capítulo de la Guerra Fría.

El dúo Castro-Canel, a cambio, podría ejecutar medidas decisivas e irreversibles: liberación de todos los presos políticos, reformas de mercado profundas, apertura real a la sociedad civil y un camino transparente hacia la democratización, acompañado en todo el proceso por sectores de la comunidad cubanoamericana. Salvar la patria para las generaciones presentes y futuras.

Un acuerdo de ese calibre se traduciría de inmediato en alivio para una población civil exhausta tras décadas de gobierno represivo e incompetente. Sólo por esa razón vale la pena intentarlo.

En última instancia, si La Habana incumpliera un pacto amplio y de buena fe, Washington conservaría la ficha que tranca el juego, esta vez con la certeza de ganar la partida.

“Nunca es más oscuro que antes del amanecer”, reza un adagio muy antiguo al que la gente suele echar mano cuando se diluyen las esperanzas. Por el bien de todos, ojalá lo entiendan los cubanos en ambas orillas del Estrecho de la Florida, que son los únicos que realmente saben y pueden destrabar el dominó.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Joe García

Padre de una hija, abogado y exrepresentante federal del Partido Demócrata. Reside en Miami Beach, Florida.






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