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Hay una pregunta que sobrevuela las más de 10.000 palabras que el Observatorio de Medios de Cubadebate dedica a analizar la presencia de Marco Rubio en CiberCuba, Cubanet, El Toque y otras plataformas digitales: si el secretario de Estado estadounidense es irrelevante para el futuro de Cuba como sostiene la propaganda oficial, ¿por qué el régimen invierte tanto tiempo y recursos en estudiar, medir y combatir su influencia?
La respuesta parece bastante evidente. El problema de Cubadebate no es CiberCuba. Tampoco son Mario Pentón, Cubanet o El Toque. El verdadero problema es que Marco Rubio se ha convertido en una de las voces internacionales más influyentes a la hora de denunciar el fracaso económico, político y social del modelo cubano.
Y, sobre todo, que buena parte de sus diagnósticos encuentran respaldo en una realidad que millones de cubanos experimentan diariamente.
Resulta revelador que el informe dedique miles de palabras a analizar publicaciones en Facebook, Instagram y YouTube; que contabilice interacciones, estudie emociones y describa supuestas arquitecturas de influencia; y que, sin embargo, apenas dedique espacio a responder una cuestión elemental: ¿son falsas las denuncias que Rubio formula sobre la situación de Cuba?
Porque esa es la cuestión central.
Cuando Rubio describe a Cuba como un Estado fallido, Cubadebate no intenta desmontar esa afirmación examinando el estado de la economía nacional, la infraestructura energética o la capacidad productiva del país. Prefiere analizar cuántas veces sus declaraciones fueron compartidas en redes sociales.
Cuando Rubio denuncia el colapso económico de la isla, el informe no responde con cifras que demuestren una recuperación sostenida de la producción o del nivel de vida de los ciudadanos. En cambio, dedica páginas enteras a estudiar patrones de viralización digital.
Y cuando Rubio responsabiliza al régimen de la emigración masiva de cubanos, el estudio evita entrar en el fondo del asunto y se concentra en describir cómo determinados medios amplifican esos mensajes.
Sin embargo, los datos son difíciles de ignorar.
La industria azucarera, durante décadas símbolo de la economía cubana, constituye uno de los ejemplos más evidentes. Cuba llegó a producir más de ocho millones de toneladas de azúcar anuales en la década de 1980.
Hoy las zafras registran cifras que representan apenas una fracción de aquellos niveles históricos. No fue Marco Rubio quien cerró centrales azucareros. No fueron CiberCuba ni Facebook quienes llevaron al colapso a uno de los sectores productivos más importantes del país.
Algo similar ocurre con la agricultura. Cuba importa una parte sustancial de los alimentos que consume a pesar de contar con millones de hectáreas cultivables. La producción nacional de arroz, café, leche y otros productos básicos se encuentra muy lejos de los niveles necesarios para satisfacer la demanda interna.
Mientras tanto, los precios de los alimentos continúan aumentando en un país donde salarios y pensiones pierden valor frente a una inflación persistente.
La crisis energética ofrece otro ejemplo difícil de encajar en la narrativa de Cubadebate. Durante los últimos años, los cubanos han sufrido apagones prolongados, déficits récord de generación y varios colapsos totales del Sistema Eléctrico Nacional.
Cuando una familia pasa buena parte del día sin electricidad, no necesita que ningún medio le explique que existe una crisis. La vive directamente.
La emigración constituye quizá el argumento más contundente contra la tesis del Observatorio de Medios. Más de un millón de cubanos han abandonado el país en apenas unos años, protagonizando uno de los mayores éxodos de la historia nacional.
Miles han atravesado el Darién, han cruzado múltiples fronteras o han arriesgado sus vidas en el mar. Resulta difícil sostener que semejante fenómeno responde principalmente a una campaña mediática cuando son los propios ciudadanos quienes toman la decisión de marcharse.
Es precisamente ahí donde el informe de Cubadebate muestra una de sus mayores debilidades. Confunde sistemáticamente la cobertura de una crisis con la causa de esa crisis.
Los medios hablan de apagones porque los apagones existen.
Hablan de emigración porque la emigración existe.
Hablan de escasez porque la escasez existe.
Hablan de Marco Rubio porque ocupa uno de los cargos más influyentes de la política exterior estadounidense y porque sus declaraciones tienen consecuencias directas para Cuba.
La popularidad de Rubio entre determinados sectores de la opinión pública cubana no es producto de una conspiración mediática. Es consecuencia de que muchos cubanos consideran que sus críticas describen con mayor precisión la situación del país que los discursos oficiales.
Otro aspecto llamativo del informe es su insistencia en presentar a determinados medios como operadores políticos financiados desde el exterior. El argumento sería atendible si procediera de una institución independiente. Pero quien formula esa acusación es Cubadebate, un medio financiado por el régimen cubano y alineado con el aparato político que gobierna el país desde hace más de seis décadas.
Si la existencia de una línea editorial coherente constituye una prueba de subordinación política, entonces la prensa oficial cubana tendría serias dificultades para superar ese mismo examen.
Lo más significativo del estudio, sin embargo, no es lo que afirma, sino lo que omite. En miles de palabras apenas aparece una reflexión seria sobre la responsabilidad del régimen en la situación actual de Cuba. No hay un análisis profundo sobre el deterioro productivo, el fracaso de múltiples reformas económicas, la pérdida de población, la caída del poder adquisitivo o el colapso de servicios esenciales.
En cambio, sí hay un esfuerzo considerable por atribuir el malestar social a una supuesta operación comunicacional organizada desde el exterior para "desprestigiar a la revolución", como si la dictadura de partido único no fuera la causante de la desafección creciente de cubanos hacia el régimen totalitario.
Se trata de una estrategia conocida. Durante décadas, la propaganda oficial ha intentado presentar las dificultades de Cuba como consecuencia de enemigos externos, campañas mediáticas o conspiraciones internacionales. Sin embargo, esa explicación resulta cada vez más difícil de sostener cuando millones de cubanos experimentan diariamente las consecuencias de una crisis que no comenzó en Facebook ni en YouTube.
Al final, el informe del Observatorio de Medios termina funcionando como una confesión involuntaria. Pretende demostrar que Marco Rubio es una construcción mediática impulsada por determinados medios.
Pero lo que termina demostrando es algo muy distinto: que el régimen se siente obligado a dedicar extensos análisis a desacreditar a un político extranjero porque no consigue refutar convincentemente las críticas que este formula sobre la realidad cubana.
Quizá por eso Cubadebate dedica tantas páginas a estudiar la influencia de Rubio y tan pocas a discutir las razones de esa influencia.
Porque el problema no es que los cubanos escuchen a Marco Rubio.
El problema es que cada vez más cubanos consideran que sus diagnósticos se parecen demasiado a la realidad que viven todos los días.
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