¿Dónde están los comunistas? El silencio de la militancia ante el mayor giro económico del régimen cubano

Defendieron el socialismo, combatieron ideológicamente el capitalismo y justificaron sacrificios en nombre de la "revolución". Hoy, mientras el régimen impulsa el mayor paquetazo liberal, el silencio de los comunistas plantea preguntas incómodas sobre la obediencia, la fe ideológica y el legado de una generación.



Palacio de la Revolución, sede del Comité Central del PCC © Wikipedia (imagen retocada con Inteligencia Artificial)
Palacio de la Revolución, sede del Comité Central del PCC Foto © Wikipedia (imagen retocada con Inteligencia Artificial)

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Si alguien hubiera propuesto hace treinta años la creación de bancos privados en Cuba, probablemente habría sido acusado de promover una restauración capitalista.

Si hubiera defendido la compraventa de acciones de empresas estatales, la ampliación de grandes empresas privadas o la liberalización de precios, habría sido señalado como enemigo ideológico de la "revolución".

Si hubiera sugerido que el país necesitaba mecanismos de mercado para sobrevivir, habría escuchado largas conferencias sobre los males del capitalismo y las virtudes del socialismo.

Hoy, esas medidas son impulsadas por el propio régimen.

Y los comunistas guardan silencio.

La Asamblea Nacional aprobó recientemente 176 transformaciones económicas que incluyen instituciones financieras privadas, sociedades mercantiles por acciones, ampliación de la inversión extranjera, flexibilización de las mipymes y otros mecanismos que, durante décadas, fueron asociados por la propaganda oficial a la lógica del mercado.

Lo llamativo no es únicamente el contenido de las reformas.

Lo llamativo es la ausencia de un debate ideológico visible dentro de las propias filas que durante generaciones tuvieron la misión de defender exactamente lo contrario.

Una historia que viene de lejos

No es la primera vez que ocurre.

Ya en los años noventa, durante el Período Especial y con el dictador Fidel Castro llorando sangre por el "desmerengamiento del campo socialista", el régimen autorizó la tenencia del dólar (cuya posesión costó prisión a miles de cubanos), amplió el trabajo por cuenta propia y abrió espacios a la inversión extranjera.

Más tarde llegaron nuevas reformas bajo la batuta del "pragmático" Raúl Castro, que en su juventud ardió en deseos de construir una sociedad comunista escuchando la gangosa voz y rindiéndose al adoctrinamiento blando de Alfredo Guevara.

Después vino el deshielo con la administración Obama y la subsiguiente "marcha atrás", esa maniobra en la que el régimen cubano es experto y aplica cada vez que ve la sombra de las orejas del lobo.

Más recientemente, la llamada Tarea Ordenamiento y su laberinto de "distorsiones" a corregir para "reimpulsar la economía", una sucesión de galimatías balbuceados por el primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) y dizque "líder" de la llamada "continuidad, el Dr. Miguel Díaz-Canel. Que también fracasó, por supuesto. Y a un costo elevadísimo para la población.

Cada una de esas etapas supuso concesiones, aperturas o rectificaciones que habrían resultado difíciles de imaginar durante los años de mayor ortodoxia revolucionaria.

Y, sin embargo, la militancia comunista las aceptó. Siempre con la misma disciplina. Siempre con la misma obediencia. Siempre bajo la premisa de que la dirección histórica sabía mejor que nadie cuál era el camino correcto.

El partido de la obediencia

Quizás no debería sorprender. Después de todo, Cuba no es una democracia pluralista (una forma suave de decir que es una dictadura totalitaria comunista).

No existe un espacio político donde los ciudadanos puedan agruparse por afinidades ideológicas en partidos políticos diversos. Ni siquiera donde los propios militantes comunistas puedan organizar corrientes internas, desafiar públicamente a la dirección o disputar el rumbo estratégico del país.

La discrepancia abierta puede tener consecuencias personales, profesionales o políticas. Pero esa realidad explica solo una parte del fenómeno. La otra parte tiene que ver con la propia cultura política construida por el sistema.

Durante décadas, el Partido Comunista no educó a sus militantes para cuestionar a la dirección. Los educó para seguirla. La disciplina fue elevada a virtud revolucionaria. La unidad se convirtió en un valor supremo. La lealtad al liderazgo pasó a ocupar un lugar muchas veces superior al debate ideológico.

Por eso resulta difícil encontrar hoy voces comunistas cuestionando públicamente reformas que hace apenas unos años habrían sido denunciadas como incompatibles con el proyecto socialista.

Lo que desaparece

El silencio resulta aún más llamativo cuando se observa el contexto más amplio.

En los últimos meses, figuras vinculadas al poder (con mote de crustáceo y apellido de tirano) han comenzado a presentar una imagen muy distinta de la historia reciente del país.

El enemigo yanqui parece transformarse en interlocutor

Las críticas al capitalismo pierden protagonismo frente a un lenguaje centrado en inversiones, negocios y desarrollo económico.

El antiimperialismo, durante décadas una de las principales fuentes de legitimidad del régimen, desaparece progresivamente del primer plano del discurso oficial.

Y ahora llegan reformas económicas que normalizan prácticas que generaciones de cubanos aprendieron a identificar con el mercado.

Todo ello ocurre sin que aparezca una resistencia visible dentro de las filas comunistas.

Las preguntas que nadie formula

Quizás porque las preguntas verdaderamente incómodas no pueden formularse en voz alta. Pero existen.

Las escuchan muchos militantes en conversaciones privadas. Las comentan antiguos cuadros del Partido. Las discuten quienes dedicaron años a enseñar economía política, marxismo o historia de la llamada "revolución cubana".

Son preguntas simples. Si estas reformas eran necesarias, ¿por qué no se hicieron antes? Si la economía de mercado contiene herramientas indispensables para salvar el país, ¿por qué se dedicaron décadas a denunciarla?

Si el diálogo con Estados Unidos era posible, ¿por qué la confrontación ocupó un lugar tan central en la educación política de varias generaciones?

Si la inversión privada es ahora una necesidad estratégica, ¿qué ocurre con los principios que durante años fueron presentados como irrenunciables?

El precio de la obediencia

Durante mucho tiempo, los comunistas cubanos pudieron creer que los sacrificios exigidos por la revolución respondían a una lógica histórica superior.

La escasez. Las restricciones. Las renuncias personales. La emigración y la separación de las familias. Las dificultades económicas. Todo encontraba una explicación dentro del relato revolucionario.

La defensa del socialismo justificaba el sacrificio. La lucha contra el imperialismo justificaba la resistencia. La construcción de una sociedad distinta justificaba las privaciones.

Hoy ese relato parece transformarse ante sus propios ojos. Y quienes lo defendieron durante décadas se enfrentan a una realidad incómoda.

No porque la economía cubana necesite una reforma integral. Sino porque muchas de las medidas anunciadas por el primer secretario del PCC contradicen certezas que durante años fueron presentadas como indiscutibles, y porque quienes las promueven no tienen legitimidad alguna para proponerlas y mucho menos implementarlas.

Una generación frente al espejo

Probablemente no veremos manifestaciones de comunistas en las calles. No veremos congresos partidistas exigiendo explicaciones. No veremos campañas públicas de oposición dentro del Partido. Ese nunca ha sido el funcionamiento del sistema.

Pero eso no significa que las preguntas no existan.

La verdadera historia no está en las calles.

Está en el silencio. En la incomodidad de quienes defendieron durante décadas determinadas ideas y observan cómo son reemplazadas sin explicación. En la disonancia de quienes justificaron sacrificios en nombre de principios que hoy parecen negociables.

Y en la pregunta que sobrevuela toda esta nueva etapa:

Si después de 67 años en el poder son los propios "herederos de la revolución cubana" quienes modifican los pilares económicos e ideológicos sobre los que construyeron su legitimidad, ¿qué se supone que deben pensar quienes dedicaron buena parte de su vida a defenderlos?

Quizás esa sea la pregunta más incómoda de todas. Y también la más difícil de responder para el propio régimen.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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