Bernard Boivin, este jueves en el hotel Morón de Ciego de Ávila. Foto © CiberCuba

Inmigración no permite a un canadiense residente en Cuba volar a Quebec a por medicinas

Bernard Boivin es canadiense y reside en Cuba desde hace 17 años. Este jueves ha abandonado el Hotel Morón, en Ciego de Ávila, a 62 kilómetros del aeropuerto Jardines del Rey. Llevaba allí casi una semana con la esperanza de que Inmigración lo autorizara a volar a Quebec (Canadá) a buscar la hidromorfina que le alivia los dolores insoportables que sufre tras pasar por siete operaciones de columna vertebral. 

Pero no le han dejado subir a un avión en los cayos. Tampoco le permiten que su hermano viaje desde Canadá con la medicina y la deje en la Aduana, para que un oficial de Inmigración y Extranjería se la entregue a Boivin.

Ante la negativa, ha liquidado la cuenta pendiente en el Hotel Morón y a esta hora va de regreso para Santiago de Cuba, donde le esperan su mujer y sus dos hijos.

Sus problemas de salud empezaron en Canadá por una hernia discal, pero la cosa se complicó en el salón de operaciones. Los inviernos en Quebec le ponían muy difícil la recuperación y el médico le propuso mudarse a algún sitio con un clima menos severo. La idea de instalarse en Santiago de Cuba se la dio el cantante cubano de la orquesta de su hermano, que le facilitó la dirección de una casa particular donde podía quedarse en un primer viaje exploratorio.

Y Boivin voló a Santiago, comprobó que sus dolores remitían y decidió regresar una segunda vez, pero para quedarse a vivir. Poco después conoció a una cubana, madre soltera con un niño de siete años, y se casó con ella. El matrimonio tiene en común un hijo de 12 años, pero Boivin dice que tiene dos. Él crió a su hijastro como si fuera suyo y el muchacho ya va a la universidad.

Cada año, Boivin viaja a Canadá y a la vuelta se trae consigo sus medicamentos en el equipaje de mano. En 17 años nunca ha tenido problemas para entrar la hidromorfina y los antidepresivos para sus dolores neurológicos. Pero el cierre de las fronteras cubanas desde el 24 de marzo por coronavirus, le ha impedido viajar hasta ahora, que intenta hacerlo después de estirar su medicina hasta terminarla por completo.

Ya no le queda nada y estos dolores no se aguantan con cualquier cosa, comenta a CiberCuba. Por eso solicitó permiso a las autoridades de transporte de Santiago de Cuba y consiguió el visto bueno para trasladarse al aeropuerto Jardines del Rey. Pensaba volar a Canadá el 20 de septiembre y no pudo. Tenía una reservación hecha en un hotel de Cayo Coco; se la cancelaron y no le permitieron alojarse en él. Incluso un oficial de Inmigración le dijo que si insistía podía perder su residencia en Cuba. 

Al ver que Inmigración no le permitía salir por los cayos en los aviones que traen a turistas canadienses de vacaciones a la Isla, Boivin pidió a su hermano, que sufre de esclerosis múltiple, que fuera de Quebec a Montreal a buscarle las medicinas que necesita para llevar una vida más o menos normal.

En Canadá ha sido también muy complicado porque la cantidad de hidromorfina que Boivin quiere introducir en Cuba no se receta como si fuera duralgina. Pero los médicos de su país comprobaron que la Embajada de Canadá está al tanto del caso y entendieron que él no puede salir de la Isla, así que finalmente le dieron la receta a su hermano. "Es una situación de humanidad", recalca este canadiense.

La idea era que el hermano de Boivin volara a Cuba y le entregara las medicinas delante de las autoridades cubanas, pero el jefe de la Aduana de Jardines del Rey ha dicho que de ninguna manera va a permitir esa entrega. "Dice que la morfina está muy controlada y que si mi hermano la trae me la van a decomisar. No lo entiendo. Yo llevo 17 años trayendo mi morfina en mi equipaje de mano y nunca me han preguntado", se queja Boivin.

El caso es que ahora estamos en un punto muerto. Él ha decidido volver a su casa y esperar a que Cuba abra las fronteras para poder volar a su país a buscar las medicinas que le dan vida.

A pesar de lo extrema de su situación, Boivin no es un caso aislado. Decenas de cubanos permanecen atrapados en la Isla sin poder viajar al extranjero, pese a que muchos pretenden emigrar definitivamente.

Decenas de familias han visto caducar sus visados de la Lotería de Visas o del Programa Parole de Reagrupación Familiar. Otros han contraído matrimonio y pese a la campaña internacional "No es turismo, es amor", no han podido subir a un vuelo humanitario.

En el lado contrario de la balanza están los cubanos que han quedado varados en el extranjero y no pueden regresar a la Isla, pese a que malviven en la casa de familiares, amigos o conocidos, sin trabajo y sin fecha fija para volver a casa. Los hay en Panamá, España, Perú, Surinam, Angola o Colombia. También en Rusia, donde temen que el invierno severo los coja sin ropa adecuada y sin dinero.

Aunque Cuba ha dicho que tiene diez aeropuertos internacionales listos para recibir pasajeros, también ha dicho que hasta que La Habana no entre en fase de normalidad no volverán a operar vuelos internacionales.

La capital retrocedió a la fase de transmisión autóctona limitada el sábado 8 de agosto y pese a la suspensión del transporte público y la prohibición de comprar en un municipio distinto al de residencia, los datos de coronavirus no invitan a pensar que los contagios están controlados.

Este jueves el Ministerio de Salud Pública de Cuba (Minsap) confirmó 40 nuevos casos de coronavirus en todo el país. Hay 8 547 personas ingresadas, de las que 577 tienen confirmado el positivo en COVID-19; dos casos están críticos y cinco graves.

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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