El «pueblo» como escudo: La vieja fórmula del régimen cubano para hablar en nombre de todos

Cubanos hacen fila para comprar pasteles a vendedor ambulante (imagen de referencia) © CiberCuba
Cubanos hacen fila para comprar pasteles a vendedor ambulante (imagen de referencia) Foto © CiberCuba

El ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) volvió a recurrir a una de las construcciones más persistentes del discurso político cubano.

«Lo que ha frenado a los imperialistas es el heroísmo de nuestro pueblo, el precio que saben que tienen que pagar por una agresión a nuestro país», publicó el organismo en la red social X, citando al dictador Fidel Castro.

La frase resume una idea repetida durante décadas: ante una amenaza, no son el gobierno, el Partido Comunista ni siquiera las Fuerzas Armadas quienes aparecen en primera línea del relato oficial. Es «el pueblo».

Ese pueblo está dispuesto a combatir, resistir, sacrificarse y, llegado el caso, morir por la llamada «revolución».

Pero ¿quién es exactamente «el pueblo» cuando habla el régimen cubano?

Un pueblo definido políticamente

En el lenguaje oficial, «pueblo» no siempre funciona como sinónimo del conjunto de ciudadanos cubanos. Con frecuencia designa a quienes se identifican con la «revolución» y aceptan el orden político construido después de 1959.

No es una distinción nueva.

Ya en La historia me absolverá, Castro explicó qué entendía por «pueblo» cuando hablaba de lucha. No incluía indiscriminadamente a toda la sociedad, sino a determinados sectores populares que consideraba dispuestos a combatir por un cambio revolucionario y, llegado el momento, a dar «hasta la última gota de sangre».

Después de 1959, aquella categoría fue ampliándose hasta quedar estrechamente vinculada a una cadena de conceptos que el discurso oficial presenta como inseparables: pueblo, Revolución, patria, soberanía, socialismo y Partido.

El propio Granma ha teorizado esa identificación. En 2021 habló de la «identificación del PCC con el pueblo» y presentó al Partido como expresión política de la nación y garante de la continuidad histórica de la Revolución.

La operación tiene una enorme utilidad política: si el Partido representa al pueblo y la Revolución encarna su voluntad, defender el sistema deja de presentarse como la defensa de una determinada estructura de poder. Pasa a ser la defensa de Cuba.

El Ejército también es «el pueblo»

Quizá ningún concepto muestre mejor esa fusión que la definición de las Fuerzas Armadas como «el pueblo uniformado».

La expresión, atribuida a Camilo Cienfuegos y repetida durante décadas por las instituciones cubanas, diluye simbólicamente la diferencia entre la sociedad y el aparato militar del Estado.

Las FAR no serían simplemente unas fuerzas armadas profesionales sometidas al poder político. Serían el propio pueblo vestido de uniforme.

La doctrina de la «Guerra de Todo el Pueblo» lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias. La defensa nacional se concibe como una movilización general en la que cada ciudadano debe tener una misión y un lugar en caso de conflicto.

De ahí que la frase rescatada ahora por el MINFAR resulte especialmente significativa. Castro no habla únicamente del costo de enfrentarse al Ejército cubano. Habla del precio de enfrentarse al «heroísmo de nuestro pueblo».

El potencial enemigo tendría delante, según esa construcción, no a unas instituciones determinadas, sino a Cuba entera.

1980: los que se marchaban y «el pueblo» que los repudiaba

La utilidad del concepto se observa todavía mejor cuando el conflicto no es con una potencia extranjera, sino entre los propios cubanos.

Durante la crisis de la Embajada de Perú y el éxodo del Mariel, en 1980, el discurso oficial evitó presentar lo ocurrido como evidencia de una fractura dentro de la sociedad.

Granma calificó a quienes entraron en la sede diplomática como «delincuentes, lumpens, antisociales, vagos y parásitos en su inmensa mayoría».

Frente a ellos apareció otra categoría: «el pueblo».

Las movilizaciones promovidas por el régimen fueron bautizadas como «Marchas del Pueblo Combatiente». El informe central al II Congreso del PCC afirmó posteriormente que «el pueblo dio una prueba insuperable de fuerza, unidad, conciencia, combatividad y disciplina» y llegó a describir los actos contra quienes querían abandonar el país como «el repudio a la escoria por el pueblo».

La construcción era eficaz: todos eran cubanos, pero solo una de las partes conservaba dentro del relato oficial la condición política de «pueblo».

El Maleconazo: cuando quienes sofocan la protesta son «el pueblo»

El mecanismo volvió a aparecer el 5 de agosto de 1994.

Durante el Maleconazo, cientos de cubanos protagonizaron en La Habana una de las protestas antigubernamentales más importantes ocurridas hasta entonces bajo el castrismo.

La respuesta incluyó policías, fuerzas de seguridad, grupos de civiles movilizados en apoyo del gobierno y trabajadores del contingente Blas Roca. Existen testimonios e imágenes de hombres vestidos de civil participando en el enfrentamiento y la represión de los manifestantes.

Sin embargo, la memoria oficial convirtió posteriormente aquel choque entre cubanos en otra cosa.

Granma ha llegado a titular su reconstrucción de aquellos hechos «Cinco de agosto de 1994: la gran victoria del pueblo». Los manifestantes aparecen descritos como «lumpen», «turba» o grupos manipulados; quienes acudieron a defender al gobierno encarnan, en cambio, al «pueblo cubano».

La palabra resuelve así una contradicción incómoda.

Si cubanos protestan contra el sistema y otros cubanos son movilizados para impedirlo, resulta difícil sostener la imagen de unanimidad. Pero si los primeros dejan de ser discursivamente «el pueblo», la contradicción desaparece.

El 11J volvió a mostrar el mecanismo

Casi tres décadas después ocurrió algo parecido.

El 11 de julio de 2021, miles de ciudadanos salieron a las calles en numerosas localidades del país. Ante las protestas, Miguel Díaz-Canel convocó a «todos los revolucionarios» a enfrentarlas y pronunció una frase que quedaría asociada a aquella jornada: «La orden de combate está dada».

Después, el relato oficial aseguró que «el pueblo respondió» y defendió la Revolución. La elección de las palabras resulta reveladora.

Quienes protestaban también eran cubanos. Pero el «pueblo» del relato gubernamental era el que había salido a defender al sistema.

El desacuerdo político no destruye así la unanimidad y unidad que proclama el poder. Basta con desplazar simbólicamente al disidente fuera de la categoría que supuestamente representa a la nación.

Una voluntad popular que se declara irrevocable

El recurso no se limita a momentos de crisis. También sostiene uno de los pilares jurídicos del sistema cubano: la irrevocabilidad del socialismo.

La Constitución establece que la soberanía reside «intransferiblemente en el pueblo». Pero esa misma Constitución declara irrevocable el sistema socialista y define al PCC —único legalmente reconocido como fuerza dirigente— como «fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado».

La prensa oficial justifica esa aparente tensión apelando, otra vez, a la voluntad popular.

Granma ha presentado la irrevocabilidad del socialismo como resultado de «una decisión popular» y llegó a resumir el argumento con un encabezado difícilmente más explícito: «Lo sagrado y lo intocable: la voluntad del pueblo».

Surge entonces una paradoja.

Una determinada manifestación de voluntad popular sirve para declarar que el sistema es irrevocable, pero las generaciones posteriores no disponen de un mecanismo electoral competitivo entre partidos que permita comprobar si desean mantenerlo o sustituirlo.

La voluntad del pueblo adquiere así una cualidad peculiar: puede legitimar la permanencia del sistema, pero el propio sistema restringe las vías para que esa voluntad pueda expresarse políticamente en sentido contrario.

El escudo perfecto

Ahí reside probablemente la eficacia de la palabra.

«Pueblo» permite borrar las fronteras entre sociedad, Estado, Partido y Revolución.

El Ejército es «el pueblo uniformado». Las movilizaciones convocadas por el poder son «el pueblo combatiente». Quienes defienden al gobierno durante una protesta son «el pueblo». El PCC se presenta como expresión organizada de la nación. Y la continuidad del socialismo se fundamenta en «la voluntad del pueblo».

El resultado es un formidable escudo discursivo.

Cuando el sistema es cuestionado, el poder puede presentar el conflicto no como una disputa entre ciudadanos con diferentes proyectos políticos, ni como la defensa de unas instituciones concretas, sino como una agresión contra una voluntad nacional supuestamente unánime.

Y cuando una parte de la sociedad contradice esa unanimidad, el lenguaje dispone de otras categorías para ella: «contrarrevolucionarios», «mercenarios», «lumpen», «antisociales», «anexionistas», «plattistas» o «confundidos».

Así se mantiene intacto el sujeto fundamental del relato: un «pueblo» revolucionario, socialista, unido y dispuesto al sacrificio.

Por eso importa la frase que el MINFAR acaba de rescatar de Fidel Castro.

No afirma simplemente que las Fuerzas Armadas estén preparadas para defender el país. Tampoco habla de militantes comunistas dispuestos a combatir. Atribuye al «pueblo» el heroísmo y, de manera implícita, el costo humano de una eventual confrontación.

Es una fórmula antigua y extraordinariamente funcional: cuando el régimen necesita demostrar que no se está defendiendo a sí mismo, pone al «pueblo» delante.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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