
Ana Hurtado ha vuelto a escribir en Cubadebate como si Cuba fuera suya, como si los cubanos le hubieran entregado un mandato y como si tuviera autoridad moral o de cualquier tipo para colocarlos en una trinchera.
En su artículo «Los vivos envidiarán a los muertos», la propagandista española invoca Vietnam, Afganistán e Irak para advertir a Washington de que una guerra contra Cuba podría ser fácil de empezar, pero imposible de terminar sin ataúdes, desgaste y derrota moral.
El problema no es que critique una posible guerra. Eso sería legítimo. El problema es que convierte esa guerra en una pieza literaria al servicio del régimen que defiende. Donde debería haber prudencia, pone épica. Donde debería haber preguntas, pone versos. Donde debería haber cubanos reales, pone combatientes imaginarios.
Hurtado no escribe contra la muerte. Escribe para administrarla narrativamente.
La extranjera que habla por los cubanos
Hurtado habla de «suelo patrio», «casa», «hijos» y «muertos enterrados allí».
Pero ella no es cubana. No nació bajo el sistema que defiende, no ha vivido como una cubana de a pie y no será quien pague el precio principal si el país que romantiza termina hundido en una confrontación mayor.
Ese es el punto moralmente obsceno de su texto: juega a la resistencia con vidas ajenas.
Los cubanos ya tienen bastante con que sus dirigentes los pongan una y otra vez en una trinchera sin preguntarles. No necesitan que una española, protegida por el ecosistema del poder que defiende, venga ahora a ponerles casco, fusil y epitafio.
Si Hurtado quiere hacer política revolucionaria, puede ir a la Puerta del Sol en Madrid, presentarse a unas elecciones en España, militar con el PCE, los CDR catalanes o los anticapitalistas de Podemos.
Lo que no debería hacer es hablar en nombre de un pueblo al que el régimen cubano no permite decidir libremente su futuro.
Que pregunten, si tanto creen en el pueblo
La pregunta es sencilla: si Hurtado y el régimen creen que los cubanos están dispuestos a dar la vida por la llamada «revolución», que tengan el valor de preguntarlo.
No en una plaza vigilada. No en una recogida de firmas organizada por el Partido. No en una campaña de consignas donde disentir puede costar el trabajo, la universidad o la cárcel.
Que lo hagan en una consulta transparente, con observadores internacionales, oposición legalizada, prensa libre y garantías para votar sin miedo.
Encuesta Cuba, impulsada por más de 20 medios independientes, reunió más de 42.000 respuestas y mostró un rechazo abrumador al sistema: el 94 % de los participantes se declaró muy insatisfecho con el sistema político y el 95 % consideró que los ciudadanos no tienen voz real en las decisiones del país.
CiberCuba también reportó que el 82,2 % identificó la falta de libertades civiles y políticas como uno de los principales problemas de la isla.
La encuesta no sustituye unas elecciones libres. Pero basta para desmontar la arrogancia de quienes hablan del «pueblo» como si lo tuvieran en propiedad.
Una épica cómoda, escrita desde el colchón del poder
Hurtado no escribe desde la intemperie del cubano común.
Investigaciones periodísticas la identifican como esposa de Senén Casas Más, señalado como operador clave del entorno íntimo de Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro y figura asociada al aparato de seguridad e inteligencia del régimen.
CiberCuba, citando una investigación de Martí Noticias y Mario J. Pentón, reportó que Casas Más habría tenido acceso a pasaportes diplomáticos del Ministerio del Interior y participado en decenas de misiones en el extranjero junto a Castro Espín.
Ese dato no es decorativo. Cambia el lugar desde el que debe leerse su texto. Hurtado no habla como una observadora externa ni como una ciudadana desamparada. Habla desde una cercanía al poder que administra la represión, la inteligencia, la propaganda y los privilegios.
Además, su actividad pública no se limita a Cubadebate. CiberCuba documentó que en 2025 publicó en TeleSur un artículo sobre la supuesta «soberanía petrolera» de Cuba, luego desmentido por los propios datos del régimen sobre la dependencia energética de la isla.
También aparece vinculada a redes internacionales como Green Zone Foundation, institución privada fundada en Doha, Catar, dedicada al intercambio cultural y a la promoción de la lengua árabe en América Latina y el Caribe. La propia fundación ha firmado acuerdos de cooperación con TeleSur para proyectos culturales y mediáticos entre el mundo árabe y la región.
Ese no es el mundo del apagón, la libreta, el hospital sin insumos ni el salario pulverizado. Es otro colchón. Otra red. Otra comodidad.
Desde ahí es muy fácil escribir sobre sacrificio.
La poesía como coartada
Hurtado usa al Indio Naborí y su «Dile a tu hijo que no venga» para envolver su advertencia en una emoción conocida: la madre cubana, el hijo norteamericano, la patria amenazada.
El recurso funciona literariamente. Políticamente es una trampa.
Porque el poema le sirve para no hablar del presente. No habla de presos políticos, de apagones, de hospitales destruidos, de jóvenes que huyen, de familias rotas ni de un país donde el ciudadano no puede cambiar el gobierno mediante elecciones libres.
La patria que invoca no es la de los cubanos que quieren decidir. Es la patria administrada por una élite que no pregunta porque teme la respuesta.
Los muertos como material propagandístico
En su publicación anterior, Hurtado habló del «asesinato de los 32 héroes cubanos» vinculados a la protección de Maduro y Cilia Flores. Ahora usa los ataúdes estadounidenses de Irak para advertir que los vivos podrían envidiar a los muertos.
En ambos casos, los cuerpos son subordinados al relato.
Los muertos cubanos le sirven como épica. Los muertos estadounidenses, como amenaza.
Pero nunca aparece la pregunta elemental: ¿quién manda a esos cubanos a morir?, ¿quién decide por ellos?, ¿por qué la vida de un ciudadano de la isla debe quedar atada a la supervivencia de Maduro, de la familia Castro o de cualquier aliado del régimen?
Hurtado no analiza la muerte. La usa.
Vietnam, Afganistán e Irak como estampitas
El artículo menciona Vietnam, Afganistán e Irak para sostener que Estados Unidos puede entrar, pero no siempre sabe salir. El argumento tiene una parte real: las guerras pueden descontrolarse y sus costos suelen superar los cálculos iniciales.
Pero Hurtado no hace análisis comparado. No examina diferencias de contexto, escala, legitimidad interna, fractura social, capacidad militar, diáspora, colapso económico ni cansancio de la población cubana.
Solo toma derrotas o desgastes estadounidenses y los convierte en estampitas antiimperialistas.
Si de verdad le preocupara evitar una guerra, pediría una salida política. Si de verdad le importaran los cubanos, pediría que los consultaran. Si de verdad temiera por la vida, no escribiría como si la muerte fuera un recurso literario conveniente.
El dilema que no quiere nombrar
La alternativa no tiene por qué ser guerra o rendición. Hay otra opción: abrir una transición verificable, liberar presos políticos, legalizar oposición, permitir prensa libre, aceptar observadores internacionales y convocar una consulta real sobre el futuro del país.
Eso sí sería escuchar al pueblo.
Pero Hurtado no escribe para abrir esa puerta. Escribe para cerrarla. Su función es presentar cualquier presión externa como agresión imperial y cualquier resistencia al régimen como traición. Así, la dictadura desaparece detrás de la bandera y la élite se disfraza de patria.
Esa es la vieja trampa: convertir la permanencia del poder en soberanía nacional.
Si el régimen repite que todos sus males vienen del «bloqueo», tiene una vía política para intentar desmontarlo sin poner a los cubanos en una trinchera: cumplir las condiciones previstas en la ley estadounidense para suspender y levantar el embargo, empezando por liberar presos políticos, legalizar el disenso, permitir libertades básicas y convocar elecciones libres con observadores internacionales.
Pero ese camino exige consultar al país, no hablar por él; y ahí termina la épica de Hurtado y empieza el miedo real de la dictadura.
Que deje a los cubanos en paz
Ana Hurtado puede escribir lo que quiera desde Cubadebate, TeleSur o cualquier plataforma amiga. Puede recitar a Naborí, posar de antiimperialista y convertir cada tensión con Washington en una escena de heroísmo.
Lo que no debería hacer es hablar por los cubanos.
Menos aún para sugerir que están dispuestos a morir por una «revolución» que no les permite votar libremente, protestar sin miedo, asociarse sin permiso ni decidir si quieren seguir viviendo bajo el mismo poder de siempre.
Hablar de resistencia desde el entorno del régimen es fácil. Difícil es hacerlo desde una cola, un apagón, una prisión política, un hospital sin medicinas o una casa donde cada comida depende de la remesa que todavía llegue.
Hurtado juega a la épica de guerra con la vida de otros. Y eso no es solidaridad con Cuba. Es propaganda con carne ajena.
Vídeos relacionados:
Archivado en: