
El llamamiento público de Marco Rubio y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a los cubanos para que colaboren discretamente con los servicios de inteligencia estadounidenses constituye un nuevo episodio de una estrategia de presión sobre La Habana que parece avanzar por dos caminos simultáneos: la negociación con los actuales dirigentes y la búsqueda de información, contactos y posibles fisuras dentro de la estructura de poder.
La iniciativa llega después de meses de conversaciones, propuestas y mensajes cruzados entre Washington y el régimen cubano, cuyos representantes han dejado claro que no están dispuestos a negociar cambios en el sistema político, el papel rector del Partido Comunista (PCC) ni la celebración de elecciones multipartidistas.
La contradicción es evidente: mientras la administración Trump exige transformaciones que afectan los fundamentos del sistema de poder cubano, sus interlocutores en La Habana insisten en preservar precisamente esas estructuras.
Y aunque el presidente estadounidense continúa hablando de un acuerdo, la CIA ha intensificado sus esfuerzos para obtener información y explorar las divisiones internas de la élite gobernante.
Una negociación que tropieza con la supervivencia del régimen
Los contactos entre Washington y La Habana han incluido interlocutores de alto nivel y propuestas que, según distintas informaciones periodísticas, van mucho más allá de los asuntos migratorios o de seguridad que tradicionalmente han ocupado las conversaciones bilaterales.
En mayo, el director de la CIA, John Ratcliffe, realizó una inusual visita a Cuba, donde se reunió con el ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, y otros representantes del aparato de seguridad.
El encuentro confirmó la existencia de canales de comunicación entre los servicios de inteligencia de ambos países, incluso en medio de una confrontación política creciente.
Posteriormente trascendieron informaciones sobre contactos indirectos entre Rubio y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y colaborador cercano de Raúl Castro, conocido como El Cangrejo.
Según una investigación de The Atlantic, las conversaciones encontraron un obstáculo cuando Washington planteó la salida de Miguel Díaz-Canel. La Habana también habría rechazado una propuesta de asistencia energética vinculada a reformas económicas y privatizaciones.
Aunque los detalles de esos contactos proceden de filtraciones periodísticas y no de un acuerdo oficialmente reconocido, coinciden con una posición reiterada públicamente por los dirigentes cubanos: pueden conversar con Estados Unidos, pero no aceptan que el futuro de su sistema político forme parte de la negociación.
Díaz-Canel ha rechazado cualquier discusión sobre lo que denomina asuntos internos, mientras el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío ha insistido en que el ordenamiento político y constitucional cubano no está sujeto a negociaciones con gobiernos extranjeros.
El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, reafirmó recientemente esa línea al rechazar exigencias estadounidenses relacionadas con elecciones libres, multipartidismo y la eliminación del papel rector del PCC.
La posición del régimen deja un problema de fondo: las transformaciones que Washington considera necesarias para alcanzar un acuerdo político son precisamente aquellas que la dirigencia cubana se niega a considerar.
La CIA busca información y posibles fracturas dentro del poder
La presión estadounidense no se limita a la diplomacia.
En agosto, The New York Times reveló que la CIA había reforzado sus operaciones sobre Cuba mediante una fuerza de tarea especializada y la elevación de la isla a una categoría de máxima prioridad para sus actividades de inteligencia.
Entre los objetivos atribuidos a esa iniciativa figuraba explorar las divisiones existentes dentro de la élite gobernante, identificar posibles fuentes y mejorar el conocimiento de las dinámicas internas del poder.
El dato adquiere especial relevancia a la luz de las declaraciones de Rubio sobre la posibilidad de trabajar con integrantes del propio aparato estatal cubano que estén dispuestos a facilitar una transición política y económica.
La estrategia sugiere que Washington no contempla necesariamente a la dirigencia cubana como un bloque monolítico, sino como una estructura dentro de la cual podrían existir intereses divergentes, rivalidades o sectores dispuestos a negociar alternativas.
Sin embargo, no hay información pública suficiente para determinar si la CIA ha conseguido establecer nuevas fuentes dentro de las instituciones cubanas ni si existen funcionarios de alto nivel dispuestos a colaborar con Estados Unidos.
Lo que sí resulta verificable es el interés estadounidense por obtener información desde el interior del sistema.
De las operaciones reservadas al reclutamiento público
El giro más visible llegó este viernes, cuando Rubio invitó públicamente a los cubanos que desean un cambio en la isla a colaborar discretamente con la CIA.
Horas después, la propia agencia reprodujo el llamamiento y difundió instrucciones en español para establecer contacto de manera segura.
El mensaje no se limita a una invitación genérica. La CIA solicita a los potenciales informantes que identifiquen su puesto de trabajo, su ubicación y el tipo o nivel de acceso que poseen a información de interés para la organización.
Ese detalle resulta significativo porque revela la importancia que la agencia concede a la posición y las posibilidades de acceso de quienes se ofrecen a colaborar.
La publicación también tiene una dimensión política: al convertir el reclutamiento en un mensaje público, Washington hace visible su interés por establecer contactos con personas que puedan conocer desde dentro el funcionamiento de instituciones y organizaciones cubanas.
No significa necesariamente que la CIA haya modificado sus métodos de inteligencia, ni que la campaña sea consecuencia directa del estancamiento diplomático. La estructura especial dedicada a Cuba ya existía antes de las últimas declaraciones de Trump y Rubio.
Pero la coincidencia de ambas iniciativas muestra que la administración estadounidense mantiene abiertas herramientas de presión distintas de la negociación con los actuales dirigentes.
Trump todavía quiere un acuerdo
La ofensiva de inteligencia contrasta con las declaraciones de Donald Trump, quien este viernes volvió a hablar de la posibilidad de alcanzar un acuerdo con Cuba y afirmó que enviaría a Marco Rubio para cerrar las conversaciones.
Durante un acto político en Florida, el presidente también bromeó sobre el eventual envío de buques militares hacia las costas cubanas.
Sus declaraciones reflejan una combinación de presión y disposición a negociar que ha caracterizado buena parte de la política estadounidense hacia La Habana durante los últimos meses.
Desde el régimen, las respuestas han oscilado entre la reafirmación de sus límites políticos y las descalificaciones de las iniciativas estadounidenses.
Fernández de Cossío ridiculizó el llamamiento de la CIA, interpretándolo como una señal de desesperación de los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Bruno Rodríguez Parrilla, por su parte, respondió a las recientes declaraciones estadounidenses con una advertencia sobre la resistencia que encontrarían en Cuba.
Pero ninguna de esas reacciones resuelve la contradicción que mantiene bloqueadas las conversaciones: Washington plantea reformas políticas y económicas, mientras La Habana insiste en que el sistema de partido único no puede ser objeto de negociación.
¿Negociar con el régimen o buscar interlocutores alternativos?
La cuestión que emerge de esta secuencia es si Estados Unidos está preparando alternativas a una negociación exclusivamente dependiente de la actual cúpula gobernante.
La visita de Ratcliffe a La Habana demuestra que Washington ha mantenido comunicación directa con el aparato de seguridad cubano. Las informaciones sobre los contactos con el entorno de Raúl Castro apuntan a la exploración de otros canales dentro de la élite. Y el refuerzo de las operaciones de la CIA confirma un interés por conocer mejor las divisiones y los equilibrios internos del poder.
El llamamiento público a posibles colaboradores añade una nueva dimensión a ese proceso, aunque no permite concluir que exista una operación concreta de sustitución de dirigentes ni un plan definido de transición.
La administración Trump parece mantener abiertas las dos posibilidades: alcanzar un acuerdo con sectores del poder cubano o ampliar su capacidad de presión e información si las conversaciones continúan sin resultados.
La incógnita es si los dirigentes de La Habana estarán dispuestos a modificar sus posiciones o si Washington encontrará dentro del propio aparato estatal interlocutores capaces de negociar aquello que la cúpula actual se niega a discutir.
Por ahora, Trump sigue hablando de cerrar un acuerdo, mientras la CIA busca nuevas fuentes de información. Dos vías diferentes que avanzan en paralelo frente a un régimen que continúa declarando innegociable su monopolio político.
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