
La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero no comenzó con la entrada de las fuerzas especiales estadounidenses en Caracas.
Había empezado meses antes, cuando la CIA consiguió penetrar el entorno del gobernante venezolano, reconstruir sus rutinas y obtener información precisa sobre sus movimientos y sistemas de protección.
La operación demostró hasta qué punto la inteligencia humana, combinada con vigilancia tecnológica y capacidad militar, puede superar los dispositivos de seguridad que rodean a un dirigente autoritario.
También dejó al descubierto las limitaciones del aparato cubano que durante años había contribuido a proteger a Maduro.
Nueve meses después, mientras Washington solicita públicamente colaboradores dentro de Cuba y refuerza sus recursos de inteligencia alrededor de la isla, aquel precedente plantea una pregunta: ¿puede Estados Unidos reproducir una estrategia semejante contra el régimen de La Habana?
La respuesta depende de factores que van mucho más allá de la capacidad militar estadounidense. Entre ellos figuran el grado de penetración de la inteligencia cubana, la posibilidad de conseguir fuentes dentro del círculo gobernante y la existencia de interlocutores capaces de conducir un escenario político posterior.
Cómo se construyó la operación contra Maduro
Según una investigación de Reuters publicada el 3 de enero, la CIA había desplegado desde agosto de 2025 un pequeño equipo clandestino en Venezuela que recopilaba información sobre la vida cotidiana de Maduro.
La agencia contaba además con una fuente cercana al mandatario que vigilaba sus desplazamientos y estaba preparada para comunicar su ubicación exacta cuando comenzara la operación.
The New York Times precisó que la CIA disponía de un informante dentro del gobierno venezolano y utilizaba drones furtivos para mantener una vigilancia prácticamente constante sobre los movimientos del gobernante.
El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto estadounidense, explicó después que los servicios de inteligencia habían estudiado dónde vivía Maduro, cómo se desplazaba, qué lugares frecuentaba, qué comía e incluso aspectos aparentemente insignificantes de sus hábitos personales.
Ese seguimiento permitió elaborar lo que los especialistas denominan pattern of life: una reconstrucción detallada de las rutinas de un objetivo para anticipar sus movimientos y detectar sus vulnerabilidades.
La diferencia entre conocer la residencia de Maduro y saber exactamente dónde estaría durante una operación de captura resultó decisiva.
La CIA consiguió proporcionar información que permitió a las fuerzas especiales estadounidenses localizar al mandatario y ejecutar una extracción preparada durante meses.
Pero la inteligencia, por sí sola, no habría bastado.
Delta Force ensayó repetidamente el asalto utilizando una réplica de la residencia fortificada de Maduro. Paralelamente, el Pentágono acumuló en el Caribe más de 15,000 militares, un portaaviones, numerosos buques de guerra y aeronaves de combate.
La operación combinó así una fuente humana próxima al objetivo, vigilancia tecnológica y una fuerza militar considerable, preparada para intervenir en el momento elegido.
El fracaso del dispositivo de seguridad cubano
Uno de los aspectos más significativos para La Habana fue el fracaso del aparato de protección que Cuba había contribuido a construir alrededor de Maduro.
Durante años, los servicios cubanos desempeñaron un papel importante en la inteligencia, la contrainteligencia y la seguridad de la cúpula venezolana. La protección presidencial incluía agentes enviados por el régimen cubano, cuya función trascendía la vigilancia física del gobernante.
El 3 de enero, sin embargo, ese dispositivo no pudo impedir que Estados Unidos conociera la ubicación de Maduro, penetrara en el complejo militar donde se encontraba y lo capturara junto a su esposa, Cilia Flores.
La Habana reconoció posteriormente la muerte de 32 integrantes de sus fuerzas militares y de seguridad durante la operación.
Un análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), basado en imágenes satelitales, mostró que los ataques estadounidenses se concentraron en instalaciones específicas vinculadas a la defensa aérea y la protección del objetivo.
La operación no buscó destruir todo el aparato militar venezolano, sino neutralizar temporalmente las capacidades que podían impedir la captura.
El estudio también señaló deficiencias en el despliegue de las defensas antiaéreas venezolanas y en su capacidad de reacción frente a las operaciones estadounidenses de guerra electrónica.
La vulnerabilidad de Maduro no fue, por tanto, únicamente un problema de filtración de información. También respondió a la incapacidad de sus fuerzas de seguridad para reaccionar eficazmente cuando esa información fue utilizada.
Recompensas, acusaciones y presión: una estrategia de múltiples frentes
La operación clandestina se desarrolló mientras Washington intensificaba otros mecanismos de presión contra Maduro.
Desde marzo de 2020, el gobernante venezolano enfrentaba acusaciones federales estadounidenses por narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y delitos relacionados con armas.
En agosto de 2025, el Departamento de Estado, encabezado por Marco Rubio, elevó a 50 millones de dólares la recompensa por información que condujera al arresto o condena de Maduro.
La iniciativa ampliaba los incentivos para proporcionar información a las autoridades estadounidenses, aunque no existe confirmación pública de que la fuente utilizada por la CIA recibiera ese dinero. Las condiciones del programa excluían, además, a funcionarios y empleados gubernamentales de la posibilidad de cobrar recompensas.
Washington también intentó una salida negociada.
Según Reuters, Trump habló con Maduro el 21 de noviembre de 2025 y le ofreció la posibilidad de abandonar Venezuela. El gobernante exigió garantías de amnistía y otras condiciones que fueron rechazadas.
El acuerdo no llegó y, semanas después, Estados Unidos ejecutó la operación militar.
El expediente judicial continuó avanzando tras la captura. El pasado 8 de octubre, el Departamento de Justicia presentó nuevos cargos contra Maduro y Flores por conspiración para cometer tortura, que se suman a las acusaciones anteriores. Ambos conservan la presunción de inocencia.
La experiencia venezolana muestra cómo Washington combinó procedimientos judiciales, incentivos económicos, negociaciones, recopilación clandestina de información y presión militar: una estrategia que empieza a sonar cada vez más familiar a La Habana.
Cuba: un adversario diferente
El éxito estadounidense contra Maduro no significa que reproducir la operación en Cuba resulte igualmente viable.
La primera diferencia está en la estructura de seguridad.
Mientras Venezuela dependía parcialmente de la cooperación de inteligencia cubana, en la isla el propio régimen controla directamente sus organismos de contrainteligencia, seguridad militar y protección de dirigentes, desarrollados durante décadas bajo la supervisión de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior.
La CIA conoce las dificultades de operar contra esas estructuras.
Una investigación de The New York Times publicada en agosto reveló que la agencia había creado una fuerza de tarea dedicada específicamente a Cuba, con oficiales especializados en captación de fuentes, análisis de inteligencia, ciberoperaciones e influencia encubierta.
Su objetivo es identificar divisiones dentro de la élite gobernante y favorecer la aparición de dirigentes más pragmáticos, dispuestos a negociar las transformaciones exigidas por Trump.
Washington elevó además a Cuba a la categoría de «Prioridad 1» dentro de sus prioridades nacionales de inteligencia, junto con países como China, Rusia e Irán.
Otras agencias estadounidenses comenzaron a dedicar más recursos satelitales y de vigilancia al territorio cubano. Según informaciones publicadas por Politico, aeronaves de reconocimiento estadounidenses habían acumulado más de 150 horas de misiones alrededor de la isla desde febrero.
El incremento de estas actividades indica que Washington busca obtener una imagen más precisa de las defensas, capacidades militares, comunicaciones y funcionamiento interno del régimen.
Pero también revela una limitación: según The New York Times, responsables militares y de inteligencia estadounidenses habían expresado preocupación por disponer de información desactualizada sobre Cuba.
La CIA ha demostrado que consiguió penetrar el entorno de Maduro. No existe información pública equivalente que permita afirmar que haya alcanzado un grado semejante de acceso a la cúpula cubana.
La campaña lanzada este 23 y 24 de octubre por Marco Rubio y la CIA, que invita públicamente a los cubanos a colaborar discretamente con la agencia, puede interpretarse como un intento de ampliar las fuentes disponibles y, al mismo tiempo, transmitir un mensaje de presión al aparato gobernante.
Al hacerse pública, la invitación también introduce incertidumbre dentro de las instituciones cubanas: el régimen debe contemplar la posibilidad de que personas con acceso a información sensible decidan establecer contactos con Washington.
Sin embargo, ese efecto potencial no demuestra que existan ya colaboradores de alto nivel ni que la campaña haya conseguido reclutarlos.
El problema de quién gobernaría después
La segunda gran diferencia entre Venezuela y Cuba no es militar, sino política.
La captura de Maduro terminó con su permanencia en el poder, pero no provocó la desaparición del aparato estatal chavista. Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina y permitió a Washington relacionarse con una figura procedente del propio sistema.
Ese desenlace se convirtió en una referencia para la estrategia estadounidense hacia Cuba.
Según investigaciones de The New York Times, la administración Trump ha pedido a sus organismos de inteligencia identificar funcionarios actuales o antiguos que pudieran desempeñar un papel semejante al de Rodríguez.
Pero las evaluaciones conocidas plantean dificultades importantes.
Los servicios estadounidenses consideran que la sucesión cubana presenta mayores obstáculos que la venezolana, porque existen pocas figuras claramente identificadas que combinen influencia dentro del régimen, capacidad para controlar sus instituciones y disposición a negociar cambios profundos.
El aparato político cubano, articulado alrededor del Partido Comunista, las FAR, el MININT y las redes económicas vinculadas a la élite gobernante, tampoco ofrece una separación sencilla entre poder político, control militar y administración económica.
La concentración de esas funciones constituye un mecanismo de supervivencia del régimen, pero también complica cualquier intento de promover una transición desde su interior.
Incluso si Washington lograra neutralizar o desplazar a determinados dirigentes, seguiría pendiente la cuestión de quién controlaría las fuerzas armadas, los servicios de seguridad y los principales recursos económicos del Estado.
Las informaciones disponibles indican que la CIA continúa buscando respuestas a esa pregunta.
La amenaza militar y sus límites
El precedente venezolano también ha influido en las decisiones defensivas del régimen cubano.
Según reveló The New York Times en agosto, La Habana había reforzado la seguridad de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel ante la posibilidad de una operación estadounidense destinada a capturarlos o eliminarlos.
El diario no detalló las medidas adoptadas ni afirmó que Trump hubiera ordenado una acción de ese tipo.
Por su parte, CBS News informó en septiembre de que la Reserva del Ejército estadounidense evaluaba su capacidad para proporcionar unidades logísticas, médicas y de policía militar al Comando Sur, dentro de una planificación que fuentes oficiales relacionaron con Cuba.
La cadena precisó que el documento examinado no incluía órdenes de despliegue.
La fuerza de tarea de la CIA dedicada a Cuba tampoco tenía, según la investigación publicada en agosto, autorización para facilitar operaciones letales, aunque sus atribuciones podrían modificarse por decisión presidencial.
La recopilación de inteligencia puede servir para negociar desde una posición de mayor conocimiento, identificar vulnerabilidades del régimen, ejercer presión política o actualizar planes militares. No implica necesariamente que Washington haya decidido utilizar todas esas capacidades en una intervención.
La lección venezolana y la incógnita cubana
La captura de Maduro dejó tres enseñanzas para los servicios de inteligencia y los gobiernos que estudian aquel precedente.
La primera es que la protección de un dirigente puede quedar comprometida cuando un adversario consigue información precisa desde su entorno.
La segunda, que una operación militar de objetivos limitados requiere condiciones excepcionales de inteligencia, preparación, sorpresa y superioridad operativa.
Y la tercera, posiblemente la más difícil de reproducir, es que desplazar a un gobernante no garantiza el control de lo que sucede después.
En Venezuela, Estados Unidos reunió esas capacidades y encontró una interlocutora dentro del chavismo para gestionar el escenario posterior.
En Cuba, Washington está intentando mejorar su conocimiento del aparato gobernante y localizar posibles interlocutores, pero todavía no se conocen resultados comparables.
La pregunta decisiva no es únicamente si la CIA puede penetrar los círculos de seguridad de Raúl Castro y Díaz-Canel, sino si Estados Unidos dispone de una estrategia política viable para el día siguiente a un eventual cambio de poder.
Hasta ahora, las informaciones sobre la fuerza de tarea de la CIA, la búsqueda de una «Delcy cubana» y la planificación militar estadounidense indican que ambas cuestiones siguen siendo objeto de trabajo y evaluación por parte de Washington.
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